domingo, 2 de agosto de 2009

Diarios del pasado 7

Manizales, las cosas que pasan


Conocí a esta mujer un día que iba en la camioneta del periódico, mirando por la ventanilla. ella llevaba agua en un tarro de pintura. Me bajé y le pregunté dónde vivía. “Aquí” me dijo, “¿aquí dónde?”, le pregunté, “aquí” y me señaló la ladera al lado de la avenida que del Batallón conduce al Bosque Popular. Mandé al chofer de regreso y me quedé con ella.
Conversamos un rato y luego me ofreció aguapanela preparada en un fogón de leña alimentado por palos pintados con pintura de aceite. El olor era nauseabundo, pero ella me la ofreció con tono desafiante. Acepté y ella, a cambio, confesó su historia en un largo monólogo. Había sido víctima del terremoto de Armenia, se había quedado sin familia y su compañero se había ido.
Publiqué la historia sabiendo que era buena, pero que nada cambiaría. Al día siguiente el alcalde prometió que mientras el estuviera dirigiendo los destinos de los manizaleños, nadie viviría bajo un puente. Y cumplió. No la volví a ver.
Como un año después me la encontré, iba con cinco perros y una pierna enyesada desde la rodilla. Verme fue como si viera al diablo. Logré calmarla y me contó la tragedia que representó conocerme. Ella accedió a darme la entrevista porque esperaba que así más gente le llevara mercaditos y ropa que ya no usara. Y así fue durante una semana, pero después llegó la gente de la Alcaldía y la desalojó. Ella se fue a vivir monte abajo en el mismo sector. Un día uno de sus perros le ladró y ella se asustó y rodó por la ladera quebrándose la tibia o el peroné, no recuerdo. De milagro la encontraron y ahora andaba así.
Me fui indignado y escribí una nueva crónica. Al finalizar llamé al Alcalde y le conté, además lo amenacé con hacerlo quedar como un culo. Él se rió conmigo, y desde el otro lado del teléfono me dijo: “vaya donde la señora en media hora”.
Cuando llegué me encontré una ambulancia, estaba el secretario de Gobierno, la secretaria de Salud, el jefe de la Oficina Municipal de Atención y Prevención de Desastres y la señora.
Parecía el fin del mundo: ella peleaba, los perros ladraban y todos trataban de explicarlo algo al mismo tiempo. No podía permitir que volvieran a sacarla a las malas, así que me fui como un energúmeno, le dije al fotógrafo que le sacara a todos fotos y que se preparara para lo peor.
Me acerqué y pregunté que pasaba. La secretaria de salud me habló: "vinimos a decirle que tenía cupo en un ancianato. Que le vamos a dar medio sueldo mensual y tratamiento médico y que una señora se ha ofrecido a adoptarla para darle lo que necesite. Pero se niega a irse".
Miré a la señora y le pregunté si era cierto. Ella me vio de nuevo con una rabia que me asustó: “cada vez que usted viene tengo más problemas, yo no me quiero ir, estoy muy contenta con mis perros y usted no entiende que yo pueda ser feliz así, si usted necesita un ancianato o un sueldo váyase con ellos y no me vuelva a molestar”.
Me fui con el rabo entre las patas, igual la ambulancia y los funcionarios. Al rato el Alcalde me llamó conteniendo la risa y el triunfo, me contó que había tratado de ayudarla varias veces y siempre era lo mismo.
“Augusto, me dijo, nosotros tenemos una vida diferente, a veces no entendemos que la gente pueda ser feliz de otra manera que de la nuestra. Pero es así.”

No lo sé de cierto, pero por allá en 1962 hubo un terremoto en Manizales y un santo de una de las torres de la catedral fue a dar de cabeza en el orinal de un bar en una de las calles aledañas a ella. Esto produjo dos muertos. Tengo datos de uno. Una mujer, tan piadosa como cualquiera. Se quedó mirando con estupor a la torre, al santo, lo cerca que había caído de ella. El terremoto la dejó impávida sin saber qué decir ni qué hacer, más de cinco minutos estuvo así hasta que recordó a su familia. Pensó en el daño que había hecho el temblor a un templo aparentemente indestructible. Pensó en su esposo, en sus tres hijitos y emprendió una carrera hacia el barrio El Carmen en busca de ellos.
La gente al verla pasar pensó que era una loca. Cuando llegó a la casa los encontró a todos bien, asustados, pero bien. Entonces cayó en los brazos de su esposo y dio gracias a Dios por haberlos mantenido con vida. Mijo, le dijo, yo le ofrecí a Dios que me llevara a mí y no a usted para que los niños estén bien y cerró los ojos para dormir, como en un cuento de hadas, en los brazos de su amado.
Cuando le pregunté a mi abuelo de qué había muerto la abuela, él contesto sin dudar: "se le reventó la hiel". "Abuelo, le dije, será que le dio un infarto". Me miró como si yo no entendiera las cosas: "Se le reventó la hiel", repitió con voz potente. "Hizo negocios con Dios y eso no se hace".
Mi mamá no aprendió la lección. Cuando yo estaba muy pequeño me dio bronconeumonía. Los médicos decidieron que iba a morir. Mi mamá me llevó a Sabaneta, donde cada martes van romerías a pedir milagros a la virgen, me puso en los brazos de María Auxiliadora y le dijo en tono amenazante: "de ahora en adelante este hijo no es mío sino tuyo, te lo entrego, vos verás si lo dejás morir". Se paró dejándonos solos, después me recogió y me llevó al hospital.

miércoles, 29 de julio de 2009

Diarios del pasado 6

Manizales, el mundo es ancho y ajeno

Acostumbrábamos a visitar los bares del centro, sobre todo los de La Música, que en esos días era, obviamente, la balada.
Íbamos a Sorrento y tomábamos ron, aunque si había algo de dinero nos pasábamos al brandy que era lo que nos gustaba. Y si teníamos con qué llegábamos a un burdel llamado Marandua, que quedaba cerca del Ley. Las mujeres, eran, sin lugar a dudas, las más feas del mundo. Pero ir a Manhatan era más costoso y estaba reservado para cuando algún amigo se iba a casar y decidíamos hacerle despedida de soltero como Dios manda. Claro que algunas veces, pocas, alguien se ganaba un chance o se coronaba algún trabajo en el que recibía un pago exagerado y nos íbamos todos para Casa Show, que era el colmo de la sofisticación y las mujeres bonitas.
En esos días bajábamos al amanecer, caminando, contentos y caídos de la borrachera por las faldas que nos llevaban hasta el barrio el Nevado, donde vivíamos.
El mundo era ancho y ajeno, nosotros éramos un grupo de siete u ocho, todos tenían un arte: eran carpinteros, electricistas, pintores de brocha gorda, trabajadores de la construcción, yo era el único que todavía era estudiante. Además la mitad del grupo estaba compuesto por metaleros, que tenían una extraña debilidad por la música de los años sesenta, que todos denominábamos como: la melodía.
Andábamos por cualquier parte de Manizales, sin miedo, como si cada calle nos perteneciera, incluso en barrios que eran vedados para la gente del Nevado como el Carmen. En parte porque éramos muchachos a lo bien, y en parte porque juntos inspirábamos cierto respeto.
Más tarde, cuando entré a la Universidad, empezamos a separarnos paulatinamente, y el mundo comenzó a convertirse en una cosa pequeña. Cuando entré a trabajar se transformó en una sola calle, o mejor, carrera, la 23. Me hice cliente de un solo bar, salía con un solo tipo de muchachas y, lo peor, comencé a tener miedo.
De pronto todo me parecía peligroso. Primero los barrios que conocía como de respeto, después los que no conocía, luego, aquellos por los que nunca pasaba, finalmente los barrios bien, porque es que a esos es que van los ladrones. Y cuando menos pensé la ciudad era una avenida en la que me sentía más o menos seguro.
Fue una conversación con Pedro Zapata en Juan Sebastian Bar, hace ya como cuatro años, la que me sacó de ese letargo. Yo estaba en una tusa la cosa más miedosa por una mujer que todavía recuerdo con una corriente de frío en la espalda. Ella era paranoica y tenía cara de “atrácame por favor”. Una vez nos pusieron un revolver en la cabeza para quitarnos una cerveza y dos mil pesos a una cuadra de la Santander y desde ese momento yo no me volví a bajar de la avenida.
Volvamos con la tusa y Pedro. Él me dice: “ve güevón, vos sólo conseguís novias de las que salen por la Santander, está ciudad está llena de mujeres y vos te buscás las mismas. Les cambia el nombre y el color de la piel, pero son iguales. Sólo conocen esta avenida y tiene el mismo puto patrón, en el que además vos no encajás.
Ese día me di cuenta de que el problema no era que yo escogiera siempre las mismas mujeres, era que yo era como me las describía Pedro. Siempre en las mismas calles, con el mismo patrón y con el mismo puto miedo.
Empecé a recorrer de nuevo la ciudad, no igual que antes, ya no era posible esa mirada, digamos pura. Y tampoco he podido librarme del todo del miedo, pero es que cuando uno es joven la muerte parece una cosa tan profundamente lejana y absurda que la desafía como se podría hacer con un tigre encerrado en una jaula.
Me gustaría poder decir que he regresado a la ciudad, que me he apropiado de a poco de ella, de nuevo, como cuando uno vuelve con una novia que además dejó por una aparentemente más bonita, pero que finalmente sólo deja vacíos, uno no vuelve igual, y ella tampoco lo recibe igual a uno, pero al menos recuperarla deja algún fresquito en el corazón.

miércoles, 22 de julio de 2009

Diarios del pasado 5

Manizales, los muertos vivientes


Supe que era pobre cuando llegué a Manizales. En Medellín todos en la Comuna éramos iguales. No puedo negar que había un par de amigos que tenían mucho más, pero no por eso eran diferentes. En Manizales otras cosas eran importantes: la marca del pantalón, de los tenis, si usabas medias, si te ponías correa, y, sobre todo, había que saber de los Jaramillo de dónde provenías.
Supe que era pobre porque vivía en un barrio pobre. Porque mi mamá nos mandaba a comer donde mi tía, pero, sobre todo, porque la gente bien no se juntaba con nosotros. Manrique, el barrio donde yo vivía en Medellín, era tan grande como Manizales, y todos éramos más o menos iguales. Si caminabas todo el día podías llegar al centro y ver un paisaje distinto, pero en general los barrios se parecían unos con otros y la gente también.
En Manizales aprendí, además de que yo era pobre, que había otros estratos. Tengo un primo con el que caminaba desde el barrio el Nevado hasta Palermo, para ver las casas de los ricos.
El recorrido pasaba por el barrio Cervantes, después pasábamos a Villa Carmenza, subíamos al Campín y pasábamos por detrás del Cementerio San Esteban. Siempre nos prometíamos que vendríamos de noche, y entraríamos por un roto en el muro, así como lo habían hecho unos amigos nuestros. De ahí pasábamos por detrás de Confamiliares y salíamos al INEM, llegábamos al arco de la Universidad Nacional y seguíamos hacia Palermo. Allí nos quedábamos boquiabiertos viendo las casas de los ricos. Era una cosa increíble, había una casa que parecía reflejarse ya que cada mitad era igual a la otra, y en el centro había un par de escaleras de caracol que hacían más interesante el efecto.
Había una casa con un techo larguísimo en forma de triángulo y con tejas de barro. Me parecía un barrio maravilloso.
De regreso, cuando ya estábamos cansados -algunas veces incluso subíamos hasta el morro Sancancio- pasábamos por la Universidad de Caldas. En el primer piso del que ahora es el edificio Orlando Sierra Hernández, quedaba el anfiteatro. Creo que estas largas caminatas tenían este único fin. Y nuestra visita a Palermo a ver casas, era, sólo un pretexto para pasar por este edificio.
Las ventanas estaban clausuradas con pintura blanca, pero había unos pelados que se habían hecho, creo yo, con monedas, desde adentro. Nosotros nos asomábamos para ver a los muertos. Era increíble. Ver los cadáveres ahí, tan cerca, más de los ricos que de los pobres. Era algo auténticamente alucinante. Después nos íbamos, mi primo y yo, como si hubiéramos tenido una experiencia que debíamos guardar para siempre. No hablábamos nunca sobre eso. Teníamos miedo, estábamos aterrados, pero nos hacíamos los fuertes. Siempre tratábamos de mirar más tiempo que el otro para probarnos lo valientes que éramos, pero, en realidad, teníamos pánico de aquellos muertos, temíamos que un día uno de esos se levantaría y nos haría un guiño.
Años después, cuando estudiaba medicina, veía que los niños, los de la siguiente generación, se asomaban por los mismos huequitos, mientras yo recibía clase de anatomía. En una ocasión recordé mi antiguo temor, pero al mismo tiempo ese deseo en el fondo, de que uno de los muertos hiciera algo. Y pensé que eso mismo sentían esos niños que ahora miraban por esos mismos huequitos.
Tomé una mano amputada de una canasta que siempre estaba llena de partes conservadas, y me fui caminando muy bajito por el lado de la pared, a donde estaban los agujeritos poniendo la mano a una distancia suficiente para que los ojos de los niños la vieran. Estaba gris, no tenía menos de dos años de estar disecada. Yo, por la fuerza de la costumbre, ya no sentía ningún reato, ni siquiera el fuerte olor a formol me afectaba. Pero a los niños, ver esa mano que los saludaba, debió parecerles realmente aterrador, ya que salieron corriendo con un grito que todavía recuerdo, no sin dejar escapar una pequeña sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2009

Diarios del pasado 4

Medellín, Éxodo

El día que me fui de Medellín llovió. No un chaparrón. Se puso negro todo el cielo, el ambiente era tan húmedo que casi se podía respirar agua. Yo estaba en el colegio, el INEM, recogiendo los papeles de traslado. Miré hacia arriba, no podía llorar, me había ganado mi huída con méritos. La vergüenza y la tristeza que sentía parecían reflejarse en las nubes cargadas, listas para dejar caer un aguacero que no olvidaría. Pero se tardaron, se tomaron su tiempo, y se dejaron venir, primero a goterones, grandes, espaciados, que con suerte no te daban, después la lluvia se fue haciendo más fina, más leve, más densa y no hubo a dónde huir.
Me escampé bajo un alero mientras pensaba en lo que sería mi futuro, en los amigos que no volvería a ver nunca más, en una ciudad que me esperaba y que para mí estaba reducida al olor del patio de mis abuelos maternos y al del cigarrillo eterno de mis abuelos paternos. Pensé en mis pecados, en Medellín, en esa ciudad que era enorme, querida, llena de emociones a la vista y escondidas.
La carrera 45 donde celebrábamos a Gardel como un profeta que se dignó morir aquí, en el Olaya Herrera, el mismo aeropuerto a donde iba con mis papás los domingos a chupar paleta y a que los aviones nos arrastraran con sus turbinas en la parte de atrás de la pista. Justo frente al cementerio Campos de Paz.
Nos agarrábamos a la reja al final de la pista. Los aviones llegaban hasta allí, se volteaban para comenzar el despegue. Se quedaban quietos un momento, después prendían las turbinas y empezábamos a sentir el aire caliente, luego a toda maquina y sentíamos que si nos soltábamos podíamos salir volando hasta el infinito, entonces arrancaba y la fuerza del aire se iba yendo con la aeronave. Mi papá nos asustaba diciéndonos que nos teníamos que coger bien de las rejas porque si no las turbinas nos mandarían hasta la avenida y después ya nos tocaba quedarnos en el cementerio.
Lo mejor era el olor que quedaba después, el aire caliente acompañado de paletas. Era una sensación incomparable. Un gusto tan simple y tan encantador como pocos que pueda recordar.
Supongo que la tarde que me fui de Medellín me hice hombre por un momento. Recordé, como supongo que lo hacen los viejos, cada momento de mi vida. Mi primera novia, una niña de ojos verdes como aceitunas (obvio que yo no tenía ni idea de las aceitunas en esa época), mi profesora de primero de primaria, la de segundo, el de tercero, las de cuarto y quinto. El día que presenté el examen de admisión al INEM. Recuerdo una pregunta:

¿Qué significa la frase: “A Dios rezando y con el mazo dando”?
a) A Dios rezando y maceando
b) A Dios rezando y disparando
c) A Dios rezando y trabajando
d) A Dios rezando y bostezando


Yo contesté B. Estuve seguro de esa respuesta hasta dos años después. El día que me fui de Medellín pensé que tal vez marcar B había marcado de alguna forma mi vida. Me di cuenta de que había leído mal y entendido mal casi todo y que casi todos los que me rodeaban lo hacían así también. Tomé entonces dos decisiones: no volvería a dejarme llevar por lo que yo creía que eran las cosas sino por lo que eran en realidad y no, por nada en el mundo, volvería a decepcionar a mis padres. He tenido tiempo de pisotear estas decisiones muchas veces.

miércoles, 10 de junio de 2009

Diarios del pasado 3

Medellín, José y sus hermanos

Mi mamá me dijo que iba a tener una hermana, que podía elegir el nombre. Yo creo, no lo recuerdo, que no lo pensé mucho y mi hermana, cuatro años menor que yo, fue bautizada por el resto de sus días como Diana Patricia. Después, unos cuatro años más tarde, vino otra niña, mi abuelo fue el encargado de ponerle el nombre. Como ese año quedó Miss Universo Astrid Carolina Herrera y me abuelo quería una nieta bien bonita, pues así se quedó. Lo peor es que en el colegio después todo el mundo le decía Astrid. Con los años se ha ido acostumbrando. El último llegó cuando yo estaba en el colegio, mi mamá me volvió a elegir como culpable del nombre. Como yo tenía un compañero muy inteligente y siguiendo la lógica de mi abuelo, decidí que se llamaría Juan David. Lo decidí antes de que naciera y antes de saber si era niño, a mí me parecía imposible que fuera otra niña y acerté. Además yo quería con quien jugar pelea, ya que mis hermanas eran bastante débiles y había que tratarlas con cuidado cuando las cascaba jugando. Incluso me batía en duelo con las dos al mismo tiempo y ganaba. Diana resultó una auténtica ñoña, la pasaron de tercero a quinto porque se tragó todos los libros de texto en el primer mes de escuela en la Agripina Montes del Valle.
Cuando estaba en el caminador, eso ya no se usa, parece, se me olvidó cerrarle el paso a las escalas que daban al primer piso y ella se rodó mientras yo hacía la siesta cuando se suponía que debía cuidarla. Dejó de aprender a caminar, no crecía, no pelechaba. Mis padres la llevaron a todos los médicos que había pero nadie daba con su mal. Hasta que al fin la llevaron a un hierbatero, creo, y él la diagnosticó: “está descuajada”. Mi mamá le preguntó cuál era el remedio y él le dio la vuelta, la cogió de los pies y la haló con fuerza hacia arriba. Luego se la entregó a mi mamá y le dijo: “ya está cuajada otra vez”, a los dos meses estaba caminando, se le había quedado la ropa y era ya una niña normal. Carolina era una niña retraída, como yo, no cogía ningún cuaderno, como yo, no estudiaba, como yo, pero le iba muy bien en la escuela, como yo. Nos entendimos bien desde que estaba chiquita. Yo disfrutaba haciéndola pensar que en la noche vendría Freddy Krueger y se la llevaría, hacía sombras con las manos como si fueran las cuchillas que el protagonista de Pesadilla sin fin llevaba siempre en vez de uñas. Las atormentaba hasta que mi papá se levantaba e imponía el orden.
Juan David fue una especie de bebé hasta cuando ya no lo era. Nada le gustaba, ni el colegio, ni las papas, ni los plátanos, ni la yuca… mis papás como si nada. A mi me hubieran dado una que ni les cuento si no me comía lo que me servían.
Me tocó ser papá por una época porque el nuestro andaba de viaje con las artesanías. Un día mi mamá me dijo que lo castigara por que no quería estudiar. Lo castigué, pero igual no quiso estudiar, luego le pegué unos correazos, se siguió negando. Finalmente le di una bofetada, tendría siete años y ya no se dejaba asustar con los golpes, se quedó mirándome, desafiándome, supe entonces que no podía con él. Haz lo que te de la gana, le dije. Al rato cogió los cuadernos.
Carolina era igual de terca, pero nunca me tocó, a Dios gracias, reconvenirla, ahora que está grande he tratado un par de veces, pero es como hablar a una imagen de yeso. Uno sabe que podría quebrarla, pero tampoco se lograría el objetivo.
Supongo que todos los hermanos mayores les hemos dicho a los menores alguna vez que son adoptados, que nunca vimos a nuestra madre engordar y todas esas cosas. Pero con los míos nunca funcionó, nunca se lo creyeron, me miraban con una inteligencia que me hacía odiarlos un poco. Pero en los pequeños detalles yo era bastante más astuto, por ejemplo, a la hora de comérmeles un buen trozo de la carne del almuerzo: “Juan David –le decía en las comidas-, te doy cien pesos si vas hasta la puerta de la calle, la tocas y vuelves en menos de 10 segundos”, era tiempo suficiente para robarle un buen trozo, pero demasiado corto como para que se ganara los cien pesos. A Carolina le señalaba algo en la nada y ella se quedaba mirando, como si en serio viera algo, tanto rato que había que volverla a llamar para que siguiera comiendo.

viernes, 5 de junio de 2009

Diarios del pasado 2

Medellín, crimen y castigo

Los niños llevaban para el recreo arepa con huevos revueltos en un porta, yo llevaba sánduche en una lonchera. Cada que podía cambiaba. Ellos llegaban con botellas de gaseosa llenas de chocolate caliente o café. A mi me ponían en un termo jugo de zanahoria (para la vista) o jugo de remolacha en leche (no tengo ni idea de sus propiedades) y estos sí eran imposibles de cambiar por nada. Me los tomaba resignado. Nunca pude imponerme contra las órdenes de mi madre en cuanto a la comida.
Un día hice trampa, o no, no recuerdo. Estaba en primero de primaria. Mi mamá me dijo que hacer trampa era como robar y que iba a darme una pela de la que me acordaría toda la vida. Cumplió con ambas promesas. Nunca volví a hacer trampa, hay lecciones que se aprenden sólo a los seis años.
Mis padres tenían formas de castigo sofisticadas. Cada que yo me portaba mal mi mamá me anunciaba la pela: “cuando venga su papá le va a dar una pela para que aprenda”. El resto del día yo me movía por la casa como un condenado. Ella no volvía a mencionar el tema, no permitía que yo tratara de convencerla o le hablara del asunto. Si me iba a dar un regalo, me lo daba. Si me iba a llevar a algún lado, lo hacía. Eso me ponía peor porque sabía que entre mejor fuera mi día, peor sería mi noche.
Mi papá llegaba disparejamente entre las 5:00 y las 7:00 p.m. Yo le preguntaba si me había traído algo, siempre, sin excepción, me traía “cositas”. Él me las entregaba y acto seguido me preguntaba cómo me había portado. “Pregúntele a mi mamá”, le contestaba.
Ella le decía que me tocaba pela por tal o cual cosa. Mi papá se quitaba, invariablemente, la correa justo en ese momento. Entonces mi mamá lo detenía: “No, Arturo, espere a que coma, no sea que se maluquee”.
Las comidas eran en el comedor, con mi hermana, eternas, a mí a duras penas me pasaba bocado y mi papá se iba poniendo más histérico cada vez. Al fin terminaba y se me venía la pela.
Una vez me gané, por buen comportamiento en la escuela, un pase para ir al circo y al mismo tiempo, por mal comportamiento en la casa, una pela. Mi papá, hombre práctico y de negocios, dijo que cambiáramos la pela por el circo. Mi mamá no estuvo de acuerdo: “el niño tiene que aprender cómo es el mundo, yo no lo voy a privar de todo lo que yo he estado privada, que vaya”. Mi papá le preguntó: “¿Y la pela?”. Ella fue enfática: “Cuando vuelva”.
Yo, por mi parte, tenía formas sofisticadas de evitar los castigos. Hice desaparecer una a una todas las correas de la casa, que ponía en la caneca de la basura. No había mejor plan que despedirme todos los martes y viernes de la basura.
Mi papá solucionó el problema tardía pero eficazmente, trajo un ramal de machete con doce –¡DOCE!- tiras de cuero, lo colgó en una puntilla alta y dijo duro, como hablando para todos y para nadie: “Si se siguen perdiendo las correas voy a tener que usar esto”, y como yo daba motivos casi todos los días, pues lo usó muchas veces antes de que atinaran a volver a comprar correas.
Era tal mi terror hacia los ramales que yo no tuve el valor de tirarlos a la basura hasta mucho tiempo después.
Cuando capte que significaba el verbo maluquiar (¿será maluquear?) me convertí en un actor natural. Con el primer correazo yo me ponía pálido, contenía la respiración y dejaba salir un silbido de la garganta bastante convincente, o al menos lo suficiente para que la madre pensara que yo me había maluquiado, a pesar de comer antes de la pela. Entonces ella misma intervenía y evitaba que me siguiera dando. A veces, incluso, mi actuación era tan buena que se sentía culpable de mis maluquiadas.

miércoles, 3 de junio de 2009

Diarios del pasado 1.

Medellín, primeros años

De la infancia recuerdo el terror que me daba que mi mamá se asomara durante las balaceras. Ella siempre quería saber primero, yo sentía al mismo tiempo rabia y temor. Ella movía un poquito la cortina y ojeaba lo que ocurría en la calle. Nos contaba por pedacitos como narrando una historia que ocurría muy lejos. Yo recordaba un huequito en la pared, hecho con un tiro de fusil, la había perforado y también una pared de enfrente. No me cabía en la cabeza que yo con ocho años pudiera percatarme de que las cortinas y lo vidrios no detienen las balas y ella pareciera creer que si. Mi hermanita y yo llorábamos, moquiabamos suplicando que se entrara, que se alejara de la ventana. Pero ella seguía contándonos lo que ocurría afuera y nosotros ni le parábamos bolas a los muertos por estar pendientes de la vida de la madre.
Vivíamos en la carrera 44 con 97 o 99 en Guadalupe, eran los límites entre Aranjuez y Manrique. Allí se peleaban, cuadra a cuadra, el dominio las Milicias Populares y Los Calvos.
Mi casa era de un verde claro y fluorescente que permitía ser vista desde casi cualquier parte de la ciudad con vista hacia la Comuna Nororiental. Pero era especialmente bonita verla desde el frente, una comuna gigantesca que yo denominaba sólo Castilla.
El mapa de mi infancia era amplio, en una ciudad enorme. A los siete años tuve que aprender a montar en bus, aprenderme los números de las rutas y tomar cuatro diarios para terminar segundo de primaria en la Escuela San Francisco de Asís en Villatina. Nos fuimos de ese barrio hacia Manrique, en parte, huyendo de la violencia, pero de esos días no tengo recuerdos de violencia, excepto en la escuela, donde estaba, Elsa la profesora que me enseñó a leer, una mujer dulce que llamaba al rector cada vez que había que darle una pela con regla de madera a alguno de mis compañeros que se resistían a la educación a la moderna. Mi casa en Villatina era enorme pintada con murales de animales que incluían cisnes y renos, aunque yo en esa época, por supuesto, no sabía que esos eran cisnes y renos, sino sólo pájaros y caballos.
Tomaba el bus 091 que me bajaba de Villatina, que estaba a media falda de un morro conocido como Pandeazúcar y que un buen día se dejó venir convirtiendo a todos mis antiguos vecinos en huéspedes permanentes de un campo santo.
 
Header Image from Bangbouh @ Flickr