miércoles, 16 de septiembre de 2009

Declaración del equivocado

Anoche le llovían los ojos
como a gatos
Podía oir como se le oxidaba
el corazón
con la humedad tímida de su
tristeza
Cerré los ojos por no enterarme
a dónde iban sus sueños en desbandada
Me equivoqué sin gracia
sin tino
sin alivio
Ahora bebo el caldo picante del dolor
acompañado con la salsa de la culpa
mientras que escampa en sus ojos.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Ars cuentística

En el cuento se debe decir poco, preferiblemente nada. Como con Hemingway, se debe insinuar más que decir. Habrá que describir una sala, un baile, en donde todo está bien, todo es perfecto. Y sin embargo, en el alma del lector, quedará una sensación de vacío, de inconformidad. No podrá explicar por qué.
El lector debe sentir que pudo escribir eso que lee. Debe tener la impresión de que es fácil.
Los cuentos infantiles deben tener un aire sensual. Los negros, pueril. Los fantásticos, argumentativo...

Un argumento

Un hombre entra en una tienda. Busca una cuchilla de afeitar, pero compra un disco de música popular de Tanzania. El tendero le recomienda la pista tres. Llega intrigado a su casa. El CD no funciona. Regresa molesto a la tienda. Era el último CD que había. El hombre se siente deprimido (esto se debe decir muy sutilmente, sin usar adjetivos, mejor usando un gesto, un suspiro...)Se lleva, en cambio, una cuchilla de afeitar.

domingo, 23 de agosto de 2009

Prólogo de "Lo que sobra del silencio"

Escribí este prólogo más con el corazón que con la razón. Sabrán disculparme.


Viví durante cuatro años bajo su yugo. La Patria me contrató sin un día de experiencia y le impuso mi adiestramiento al jefe de redacción; un tipo extraño, una especie de niño grande que hacía pataletas cuando las cosas no salían o no se hacían como él quería. Su frase de combate era: “no entiendo”. Todo había que explicárselo tres o cuatro veces, escogiendo muy bien las palabras. Si no le gustaba lo que escuchaba, uno terminaba a toda carrera, con él detrás blandiendo su zapato.
Así, la sala mantenía en un constante hervor que hacía que trabajar allí fuera la cosa más divertida del mundo. Orlando Sierra era encantador cuando estaba de buen humor y entretenido cuando estaba enojado. Con otros.
Alguna vez le pedí ayuda con una entrevista en la que yo creía que no lograba ser justo con el personaje. Se sentó en mi computador, la volteó, la moldeó como si fuera arcilla en manos de un alfarero y convirtió mi chapucera y clásica pregunta-respuesta en algo lleno de color y magia.
Terminó y se fue sin decir nada. Cuando iba a mitad de camino entre mi cubículo y su oficina le grité medio histérico: “así no tiene gracia”. Paró en seco y se quedó mirándome. “No entiendo”, me dijo, mientras se iba devolviendo lentamente, esperando oír algo que mínimamente no le gustara, para embestir.
“Pues la entrevista quedó muy bien, pero yo no aprendí nada”. Cuando terminé dio media vuelta sobre sus talones, un gesto muy suyo, y se fue hacia su oficina. Regresó con un casete en las manos: “esta es la entrevista con Mario Vargas Llosa, me dijo, desgrábela”.
Para cualquier periodista de la sala de redacción desgrabar algo de otro era trabajo de secretaria. Sin embargo, en el proceso entendí varias cosas: la magia de mi jefe escribiendo entrevistas estaba en su fingida ingenuidad.
Una vez presencié en la casa de Carlos Arboleda un duelo entre el escritor Santiago Gamboa y Orlando, para ver cuál de los dos era capaz de citar de memoria más comienzos de libros de Vargas Llosa; se tuvo que declarar un empate al final, porque se acabaron los títulos.
Mi jefe conocía a Vargas Llosa al derecho y al revés, era un ferviente admirador. Sin embargo, al comienzo de la entrevista era como si no lo conociera. Yo no entendía. Le preguntaba cosas que era obvio que Orlando sabía. Tuvo que pasar más de una hora para que me diera cuenta de qué ocurría. Él tejía una red de preguntas, de palabras, en la que se iba ganando al personaje. Les preguntaba por las cosas que ellos ya habían contado hasta el cansancio, pero siempre lograba sacarles algún detalle que no habían dado nunca. Después, con su red de palabras, convertía cualquier entrevista en una conversación.
En la segunda parte de sus sesiones interrogatorias (no se me ocurre otro nombre), cambiaba de estrategia: dejaba de preguntar y se dedicaba a hacer afirmaciones largas y bien elaboradas con el ánimo de picar la lengua, de que el personaje dijera lo que quisiera, para conocerlo también en su personalidad, a través de sus respuestas. Sus entrevistas eran largas, larguísimas, y sus preguntas, la mayoría de las veces, eran más largas que las respuestas de su personaje.
Esa era la primera etapa. La segunda era la escritura. No sé cómo lo hacía en todas pero sí puedo decir como lo hizo muchas veces. Tomaba un puñado de frases que le parecían importantes, contundentes, interesantes o simplemente con color y las ponía a un lado. Eso lo usaba para las respuestas. Lo demás lo aprovechaba para describir la personalidad de su entrevistado, para crear largas digresiones y contextualizar.
Además era un observador de los gestos. Podía ver los nervios en el mover de las manos, la ira en el temblar del labio, la soberbia en una ceja que se levantaba, y hacérselo ver al lector.
Esta selección de textos, que no antología, recoge cerca de 15 años de entrevistas suyas, la mayoría de índole político. El lector seguramente las disfrutará al darse cuenta que nada parece cambiar, por lo que algunas están tan vigentes como el día que se escribieron.
Era fácil reconocer el valor de Orlando en su Punto de encuentro, pero muchas veces hubo más coraje en las entrevistas. La columna era escrita en la intimidad, mientras que éstas aparecían como fruto de un diálogo en el que no se amilanaba frente a su compañero de conversación, sin importar si era un político -que regía como una especie de pequeño dios estas tierras- o el hombre fuerte del café.
Después de terminar la transcripción de Mario Vargas Llosa, se sentó a mi lado y comenzó a editar, dándome una clase de cómo se hace. Sobre todo, entendí que hay cosas que se aprenden y hay cosas que se hacen por intuición, y la de él era increíble.
Los prólogos suelen ser mortalmente aburridos, así que, para terminar, un par de precisiones sobre este volumen: la selección de los textos se hizo con varios criterios: que hubiera algo de cada época, que los personajes todavía se recordaran o que la historia fuera tan buena que no importara si el lector conoce el personaje. También hay criterios subjetivos, como él hubiese querido.
Aparecen dos obituarios. Era un maestro haciendo eso de hablar de los muertos sin tener que llenar los párrafos de eufemismos y calificativos elogiosos. Nos hace ver que los seres humanos están construidos de virtudes y defectos y que finalmente eso es lo que recordamos. Tal vez este también es un pequeño obituario.
No se incluye la entrevista con Vargas Llosa porque Orlando no hubiera querido: yo la arruiné tratando de pasarme de listo. Y faltan muchas, muchas, pero podría apostar a que con estas se divierten.

domingo, 2 de agosto de 2009

Diarios del pasado 7

Manizales, las cosas que pasan


Conocí a esta mujer un día que iba en la camioneta del periódico, mirando por la ventanilla. ella llevaba agua en un tarro de pintura. Me bajé y le pregunté dónde vivía. “Aquí” me dijo, “¿aquí dónde?”, le pregunté, “aquí” y me señaló la ladera al lado de la avenida que del Batallón conduce al Bosque Popular. Mandé al chofer de regreso y me quedé con ella.
Conversamos un rato y luego me ofreció aguapanela preparada en un fogón de leña alimentado por palos pintados con pintura de aceite. El olor era nauseabundo, pero ella me la ofreció con tono desafiante. Acepté y ella, a cambio, confesó su historia en un largo monólogo. Había sido víctima del terremoto de Armenia, se había quedado sin familia y su compañero se había ido.
Publiqué la historia sabiendo que era buena, pero que nada cambiaría. Al día siguiente el alcalde prometió que mientras el estuviera dirigiendo los destinos de los manizaleños, nadie viviría bajo un puente. Y cumplió. No la volví a ver.
Como un año después me la encontré, iba con cinco perros y una pierna enyesada desde la rodilla. Verme fue como si viera al diablo. Logré calmarla y me contó la tragedia que representó conocerme. Ella accedió a darme la entrevista porque esperaba que así más gente le llevara mercaditos y ropa que ya no usara. Y así fue durante una semana, pero después llegó la gente de la Alcaldía y la desalojó. Ella se fue a vivir monte abajo en el mismo sector. Un día uno de sus perros le ladró y ella se asustó y rodó por la ladera quebrándose la tibia o el peroné, no recuerdo. De milagro la encontraron y ahora andaba así.
Me fui indignado y escribí una nueva crónica. Al finalizar llamé al Alcalde y le conté, además lo amenacé con hacerlo quedar como un culo. Él se rió conmigo, y desde el otro lado del teléfono me dijo: “vaya donde la señora en media hora”.
Cuando llegué me encontré una ambulancia, estaba el secretario de Gobierno, la secretaria de Salud, el jefe de la Oficina Municipal de Atención y Prevención de Desastres y la señora.
Parecía el fin del mundo: ella peleaba, los perros ladraban y todos trataban de explicarlo algo al mismo tiempo. No podía permitir que volvieran a sacarla a las malas, así que me fui como un energúmeno, le dije al fotógrafo que le sacara a todos fotos y que se preparara para lo peor.
Me acerqué y pregunté que pasaba. La secretaria de salud me habló: "vinimos a decirle que tenía cupo en un ancianato. Que le vamos a dar medio sueldo mensual y tratamiento médico y que una señora se ha ofrecido a adoptarla para darle lo que necesite. Pero se niega a irse".
Miré a la señora y le pregunté si era cierto. Ella me vio de nuevo con una rabia que me asustó: “cada vez que usted viene tengo más problemas, yo no me quiero ir, estoy muy contenta con mis perros y usted no entiende que yo pueda ser feliz así, si usted necesita un ancianato o un sueldo váyase con ellos y no me vuelva a molestar”.
Me fui con el rabo entre las patas, igual la ambulancia y los funcionarios. Al rato el Alcalde me llamó conteniendo la risa y el triunfo, me contó que había tratado de ayudarla varias veces y siempre era lo mismo.
“Augusto, me dijo, nosotros tenemos una vida diferente, a veces no entendemos que la gente pueda ser feliz de otra manera que de la nuestra. Pero es así.”

No lo sé de cierto, pero por allá en 1962 hubo un terremoto en Manizales y un santo de una de las torres de la catedral fue a dar de cabeza en el orinal de un bar en una de las calles aledañas a ella. Esto produjo dos muertos. Tengo datos de uno. Una mujer, tan piadosa como cualquiera. Se quedó mirando con estupor a la torre, al santo, lo cerca que había caído de ella. El terremoto la dejó impávida sin saber qué decir ni qué hacer, más de cinco minutos estuvo así hasta que recordó a su familia. Pensó en el daño que había hecho el temblor a un templo aparentemente indestructible. Pensó en su esposo, en sus tres hijitos y emprendió una carrera hacia el barrio El Carmen en busca de ellos.
La gente al verla pasar pensó que era una loca. Cuando llegó a la casa los encontró a todos bien, asustados, pero bien. Entonces cayó en los brazos de su esposo y dio gracias a Dios por haberlos mantenido con vida. Mijo, le dijo, yo le ofrecí a Dios que me llevara a mí y no a usted para que los niños estén bien y cerró los ojos para dormir, como en un cuento de hadas, en los brazos de su amado.
Cuando le pregunté a mi abuelo de qué había muerto la abuela, él contesto sin dudar: "se le reventó la hiel". "Abuelo, le dije, será que le dio un infarto". Me miró como si yo no entendiera las cosas: "Se le reventó la hiel", repitió con voz potente. "Hizo negocios con Dios y eso no se hace".
Mi mamá no aprendió la lección. Cuando yo estaba muy pequeño me dio bronconeumonía. Los médicos decidieron que iba a morir. Mi mamá me llevó a Sabaneta, donde cada martes van romerías a pedir milagros a la virgen, me puso en los brazos de María Auxiliadora y le dijo en tono amenazante: "de ahora en adelante este hijo no es mío sino tuyo, te lo entrego, vos verás si lo dejás morir". Se paró dejándonos solos, después me recogió y me llevó al hospital.

miércoles, 29 de julio de 2009

Diarios del pasado 6

Manizales, el mundo es ancho y ajeno

Acostumbrábamos a visitar los bares del centro, sobre todo los de La Música, que en esos días era, obviamente, la balada.
Íbamos a Sorrento y tomábamos ron, aunque si había algo de dinero nos pasábamos al brandy que era lo que nos gustaba. Y si teníamos con qué llegábamos a un burdel llamado Marandua, que quedaba cerca del Ley. Las mujeres, eran, sin lugar a dudas, las más feas del mundo. Pero ir a Manhatan era más costoso y estaba reservado para cuando algún amigo se iba a casar y decidíamos hacerle despedida de soltero como Dios manda. Claro que algunas veces, pocas, alguien se ganaba un chance o se coronaba algún trabajo en el que recibía un pago exagerado y nos íbamos todos para Casa Show, que era el colmo de la sofisticación y las mujeres bonitas.
En esos días bajábamos al amanecer, caminando, contentos y caídos de la borrachera por las faldas que nos llevaban hasta el barrio el Nevado, donde vivíamos.
El mundo era ancho y ajeno, nosotros éramos un grupo de siete u ocho, todos tenían un arte: eran carpinteros, electricistas, pintores de brocha gorda, trabajadores de la construcción, yo era el único que todavía era estudiante. Además la mitad del grupo estaba compuesto por metaleros, que tenían una extraña debilidad por la música de los años sesenta, que todos denominábamos como: la melodía.
Andábamos por cualquier parte de Manizales, sin miedo, como si cada calle nos perteneciera, incluso en barrios que eran vedados para la gente del Nevado como el Carmen. En parte porque éramos muchachos a lo bien, y en parte porque juntos inspirábamos cierto respeto.
Más tarde, cuando entré a la Universidad, empezamos a separarnos paulatinamente, y el mundo comenzó a convertirse en una cosa pequeña. Cuando entré a trabajar se transformó en una sola calle, o mejor, carrera, la 23. Me hice cliente de un solo bar, salía con un solo tipo de muchachas y, lo peor, comencé a tener miedo.
De pronto todo me parecía peligroso. Primero los barrios que conocía como de respeto, después los que no conocía, luego, aquellos por los que nunca pasaba, finalmente los barrios bien, porque es que a esos es que van los ladrones. Y cuando menos pensé la ciudad era una avenida en la que me sentía más o menos seguro.
Fue una conversación con Pedro Zapata en Juan Sebastian Bar, hace ya como cuatro años, la que me sacó de ese letargo. Yo estaba en una tusa la cosa más miedosa por una mujer que todavía recuerdo con una corriente de frío en la espalda. Ella era paranoica y tenía cara de “atrácame por favor”. Una vez nos pusieron un revolver en la cabeza para quitarnos una cerveza y dos mil pesos a una cuadra de la Santander y desde ese momento yo no me volví a bajar de la avenida.
Volvamos con la tusa y Pedro. Él me dice: “ve güevón, vos sólo conseguís novias de las que salen por la Santander, está ciudad está llena de mujeres y vos te buscás las mismas. Les cambia el nombre y el color de la piel, pero son iguales. Sólo conocen esta avenida y tiene el mismo puto patrón, en el que además vos no encajás.
Ese día me di cuenta de que el problema no era que yo escogiera siempre las mismas mujeres, era que yo era como me las describía Pedro. Siempre en las mismas calles, con el mismo patrón y con el mismo puto miedo.
Empecé a recorrer de nuevo la ciudad, no igual que antes, ya no era posible esa mirada, digamos pura. Y tampoco he podido librarme del todo del miedo, pero es que cuando uno es joven la muerte parece una cosa tan profundamente lejana y absurda que la desafía como se podría hacer con un tigre encerrado en una jaula.
Me gustaría poder decir que he regresado a la ciudad, que me he apropiado de a poco de ella, de nuevo, como cuando uno vuelve con una novia que además dejó por una aparentemente más bonita, pero que finalmente sólo deja vacíos, uno no vuelve igual, y ella tampoco lo recibe igual a uno, pero al menos recuperarla deja algún fresquito en el corazón.

miércoles, 22 de julio de 2009

Diarios del pasado 5

Manizales, los muertos vivientes


Supe que era pobre cuando llegué a Manizales. En Medellín todos en la Comuna éramos iguales. No puedo negar que había un par de amigos que tenían mucho más, pero no por eso eran diferentes. En Manizales otras cosas eran importantes: la marca del pantalón, de los tenis, si usabas medias, si te ponías correa, y, sobre todo, había que saber de los Jaramillo de dónde provenías.
Supe que era pobre porque vivía en un barrio pobre. Porque mi mamá nos mandaba a comer donde mi tía, pero, sobre todo, porque la gente bien no se juntaba con nosotros. Manrique, el barrio donde yo vivía en Medellín, era tan grande como Manizales, y todos éramos más o menos iguales. Si caminabas todo el día podías llegar al centro y ver un paisaje distinto, pero en general los barrios se parecían unos con otros y la gente también.
En Manizales aprendí, además de que yo era pobre, que había otros estratos. Tengo un primo con el que caminaba desde el barrio el Nevado hasta Palermo, para ver las casas de los ricos.
El recorrido pasaba por el barrio Cervantes, después pasábamos a Villa Carmenza, subíamos al Campín y pasábamos por detrás del Cementerio San Esteban. Siempre nos prometíamos que vendríamos de noche, y entraríamos por un roto en el muro, así como lo habían hecho unos amigos nuestros. De ahí pasábamos por detrás de Confamiliares y salíamos al INEM, llegábamos al arco de la Universidad Nacional y seguíamos hacia Palermo. Allí nos quedábamos boquiabiertos viendo las casas de los ricos. Era una cosa increíble, había una casa que parecía reflejarse ya que cada mitad era igual a la otra, y en el centro había un par de escaleras de caracol que hacían más interesante el efecto.
Había una casa con un techo larguísimo en forma de triángulo y con tejas de barro. Me parecía un barrio maravilloso.
De regreso, cuando ya estábamos cansados -algunas veces incluso subíamos hasta el morro Sancancio- pasábamos por la Universidad de Caldas. En el primer piso del que ahora es el edificio Orlando Sierra Hernández, quedaba el anfiteatro. Creo que estas largas caminatas tenían este único fin. Y nuestra visita a Palermo a ver casas, era, sólo un pretexto para pasar por este edificio.
Las ventanas estaban clausuradas con pintura blanca, pero había unos pelados que se habían hecho, creo yo, con monedas, desde adentro. Nosotros nos asomábamos para ver a los muertos. Era increíble. Ver los cadáveres ahí, tan cerca, más de los ricos que de los pobres. Era algo auténticamente alucinante. Después nos íbamos, mi primo y yo, como si hubiéramos tenido una experiencia que debíamos guardar para siempre. No hablábamos nunca sobre eso. Teníamos miedo, estábamos aterrados, pero nos hacíamos los fuertes. Siempre tratábamos de mirar más tiempo que el otro para probarnos lo valientes que éramos, pero, en realidad, teníamos pánico de aquellos muertos, temíamos que un día uno de esos se levantaría y nos haría un guiño.
Años después, cuando estudiaba medicina, veía que los niños, los de la siguiente generación, se asomaban por los mismos huequitos, mientras yo recibía clase de anatomía. En una ocasión recordé mi antiguo temor, pero al mismo tiempo ese deseo en el fondo, de que uno de los muertos hiciera algo. Y pensé que eso mismo sentían esos niños que ahora miraban por esos mismos huequitos.
Tomé una mano amputada de una canasta que siempre estaba llena de partes conservadas, y me fui caminando muy bajito por el lado de la pared, a donde estaban los agujeritos poniendo la mano a una distancia suficiente para que los ojos de los niños la vieran. Estaba gris, no tenía menos de dos años de estar disecada. Yo, por la fuerza de la costumbre, ya no sentía ningún reato, ni siquiera el fuerte olor a formol me afectaba. Pero a los niños, ver esa mano que los saludaba, debió parecerles realmente aterrador, ya que salieron corriendo con un grito que todavía recuerdo, no sin dejar escapar una pequeña sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2009

Diarios del pasado 4

Medellín, Éxodo

El día que me fui de Medellín llovió. No un chaparrón. Se puso negro todo el cielo, el ambiente era tan húmedo que casi se podía respirar agua. Yo estaba en el colegio, el INEM, recogiendo los papeles de traslado. Miré hacia arriba, no podía llorar, me había ganado mi huída con méritos. La vergüenza y la tristeza que sentía parecían reflejarse en las nubes cargadas, listas para dejar caer un aguacero que no olvidaría. Pero se tardaron, se tomaron su tiempo, y se dejaron venir, primero a goterones, grandes, espaciados, que con suerte no te daban, después la lluvia se fue haciendo más fina, más leve, más densa y no hubo a dónde huir.
Me escampé bajo un alero mientras pensaba en lo que sería mi futuro, en los amigos que no volvería a ver nunca más, en una ciudad que me esperaba y que para mí estaba reducida al olor del patio de mis abuelos maternos y al del cigarrillo eterno de mis abuelos paternos. Pensé en mis pecados, en Medellín, en esa ciudad que era enorme, querida, llena de emociones a la vista y escondidas.
La carrera 45 donde celebrábamos a Gardel como un profeta que se dignó morir aquí, en el Olaya Herrera, el mismo aeropuerto a donde iba con mis papás los domingos a chupar paleta y a que los aviones nos arrastraran con sus turbinas en la parte de atrás de la pista. Justo frente al cementerio Campos de Paz.
Nos agarrábamos a la reja al final de la pista. Los aviones llegaban hasta allí, se volteaban para comenzar el despegue. Se quedaban quietos un momento, después prendían las turbinas y empezábamos a sentir el aire caliente, luego a toda maquina y sentíamos que si nos soltábamos podíamos salir volando hasta el infinito, entonces arrancaba y la fuerza del aire se iba yendo con la aeronave. Mi papá nos asustaba diciéndonos que nos teníamos que coger bien de las rejas porque si no las turbinas nos mandarían hasta la avenida y después ya nos tocaba quedarnos en el cementerio.
Lo mejor era el olor que quedaba después, el aire caliente acompañado de paletas. Era una sensación incomparable. Un gusto tan simple y tan encantador como pocos que pueda recordar.
Supongo que la tarde que me fui de Medellín me hice hombre por un momento. Recordé, como supongo que lo hacen los viejos, cada momento de mi vida. Mi primera novia, una niña de ojos verdes como aceitunas (obvio que yo no tenía ni idea de las aceitunas en esa época), mi profesora de primero de primaria, la de segundo, el de tercero, las de cuarto y quinto. El día que presenté el examen de admisión al INEM. Recuerdo una pregunta:

¿Qué significa la frase: “A Dios rezando y con el mazo dando”?
a) A Dios rezando y maceando
b) A Dios rezando y disparando
c) A Dios rezando y trabajando
d) A Dios rezando y bostezando


Yo contesté B. Estuve seguro de esa respuesta hasta dos años después. El día que me fui de Medellín pensé que tal vez marcar B había marcado de alguna forma mi vida. Me di cuenta de que había leído mal y entendido mal casi todo y que casi todos los que me rodeaban lo hacían así también. Tomé entonces dos decisiones: no volvería a dejarme llevar por lo que yo creía que eran las cosas sino por lo que eran en realidad y no, por nada en el mundo, volvería a decepcionar a mis padres. He tenido tiempo de pisotear estas decisiones muchas veces.
 
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