martes, 13 de abril de 2010

Historia de los objetos 4

Licencia de conducción

Me pregunto qué querra decir eso de licencia de conducción. ¿Permiso para conducir? ¿Permiso para conducirse?. Más allá de lo que eso signifique mi licencia de conducción certifica que yo sé manejar un automovil, que hice todas las pruebas que se exigen para esto y que no soy un peligro al volante. Nada de lo que es totalmente cierto ni, por supuesto, exacto.
La licencia la obtuve sin realizar los trámites exigidos gracias a que desembolsé a un policía de tránsito amigo de un amigo de un amigo, una suma considerable de dinero.
En ese momento no sabía manejar, aun hoy no soy un buen conductor. Debido a que pagué para obtener mi licencia no realicé las pruebas exigidas y aunque dice que no tengo impedimentos para conducir, estoy seguro que si hubiera hecho todas las diligencias pertinentes diría que tengo que usar gafas para manejar.
Sobre si soy un peligro al volante, yo diría que sí y que no. Una amiga mía que manejaba como una loca solía reconocerlo agregando después que nunca había sufrido un accidente porque por suerte los demás conductores sí estaban cuerdos. Un poco eso es lo que me pasa, no manejo muy bien pero en general el resto del mundo se las arregla para esquivarme.Las calles de la ciudad no me gustan ni cinco, prefiero que mi novia maneje, pero en carretera es otra cosa, me encanta, acelero y dejo que las rayas me lleven en su monótono ser y no ser. No puedo conducir bien mientras escucho música (sobre todo cierta música), o mientras me hablan o me... en fin. Tengo que estar concentrado, en esos casos soy uno con el carro, manejo bastante bien y rápido y el mundo pasa por el lado como en una película de esas que van en cámara rápida mientras el protagonista está estático. Eso sí, lo peor es manejar mientras dicen: "vas muy rápido", "cuidado con", "mira el policía acostado", "ahí hay un pare", etcétera, etcétera... Otra cosa que no puedo hacer es manejar solo, me distraigo y, el otro día estaba frente a un semáforo y me puse a pensar en no se qué. A lo lejos oía pitos y gritos, tardé un momento en regresar al mundo y me di cuenta que el semáforo ya estaba en verde y que me pitaban y gritaban a mí. Me apresuré a arrancar pero en medio del desespero se me apagó el carro y volvió a pasar a rojo el semáforo. Nota mental: poner más atención la próxima.

jueves, 25 de marzo de 2010

Historia de los objetos 3



Escribo para tres blogs, dos periódicos, estudiantes vagos que tiene con qué pagar, una asociación de sexología que quiere un guión de un programa de televisión y para terminar una novela que hace tiempos duerme el sueño de los justos. Lo increíble es que a diario siento que no estoy escribiendo, que se me queda todo por decir. Que el tiempo no me da.
Quisiera escribir sobre un árbol en particular, sobre cómo le da la luz a cierta hora del día y un pájaro se posa, nervioso, en él y luego levanta el vuelo mientras el árbol sonríe en silencio.
Quisiera escribir sobre las mujeres, sobre lo que últimamente entiendo de ellas, sobre su absoluta y rematada capacidad para sorprenderme. Para mostrar que todo puede ser mejor cuando ya no era posible y que todo se puede ir a la mierda cuando estás en la mierda misma.
Se me han ocurrido como 10 cuentos que me he autocensurado. Yo. Autocensura. ¿Qué sigue? En fin, por ahora sigamos con los objetos:


Cédula de ciudadanía



Sólo la he perdido una vez (esa no es la historia que contaré, aún, pero quería aclararlo porque hay gente por ahí que dice que pierdo todo), recién me la entregaron a los 19 años. En esa época no era tan necesaria como ahora y no me preocupé de sacarla hasta que me levanté de buenas pulgas y fuí por ella, mucho después de haber cumplido los 18.
Para los jóvenes de mi época la cédula tenía tres usos:
1. Alquilar películas para adultos.
2. Entrar a cine a películas para adultos.
3. Entrar a antros donde uno puede emborracharse y otras cosas que implican mujeres.

Resulta que en el barrio el Nevado, donde vivía, las películas para adultos las alquilaban si uno daba 200 pesos más al dueño del local sin importar si uno tenía o no más de 10 años. Una única excepción: las películas no podían ser homosexuales porque según el dueño del chuzo: "esas sí pueden dañar a un niño, las otras antes los educan para la vida".
Además Johan, un amigo de la cuadra, trabajaba llevando los rollos de cine entre El Cid y la sala del Multicentro en su bicicleta. Esto le daba entrada gratis para él y algún amigo cada que quisiera y sin importar la censura de la película.
Para finalizar mis tíos me habían llevado por primera vez a los antros a los dos años, al escondido de mi mamá, donde las prostitutas me cuidaban por turnos mientras mis tíos se divertían de lo lindo. Una vez, incluso, no me iban a dejar ir con ellos porque estaban muy borrachos y era una irresponsabilidad dejarlos llevarse a esa belleza de bebe. Pidieron el teléfono de mi mamá para llamarla o la dirección para ir ellas mismas a llevarme. En ese momento se les paso la rasca y con mil juramentos me sacaron de allá. Era tal el miedo que le tenían a mi mamá que después me confesaron que si me hubieran tenido que sacar a golpes de allá lo hubiera hecho antes que enfrentar a mi mamá. Después de eso visité burdeles y bares muy frecuentemente, sobre todo entre los 15 y los 20 años y nunca necesité cédula.
Por eso no entendía que mis compañeros del colegio (a los 15 años yo estudiaba becado en un colegio de curas con niños más o menos bien) hicieran lo que fuera -léase pagaran lo que fuera- por tener una buena falsificación de la contraseña de la cédula. En los sitios que ellos visitaban exigían un certificado de que uno ya era un hombre. En los que yo me la pasaba te miraban la cara y decidían si lo eras o no. Ayudaba siempre con quién fuera uno y otra cosa, que uno mirara a los ojos.
La cédula vine a sacarla, ahora lo recuerdo, por mi primer trabajo. No era un trabajo como los de mi barrio, para eso tampoco la hubiera necesitado. Iba a trabajar escribiendo en un periódico y saqué la cédula, después tuve que abrir una cuenta de ahorros y saqué la cédula, luego hice un préstamo y saqué la cédula, luego la tarjeta de crédito para desahogarme del crédito y saqué la cédula. Entonces entendí a García Márquez cuando habla de los tiempos en que era "feliz e indocumentado".

jueves, 25 de febrero de 2010

Historia de los objetos 2

Tarjeta Gold de Cinemark

Anoche fui a cine y no estaba en la billetera. La niña de la ventanilla me esperaba con fingida paciencia mientras yo rebuscaba entre otras tarjetas, carnés y fotografías. La gente de atrás en la fila me veía como si estuviera haciendo de una fruslería un gran problema. La maldita tarjeta dorada no apareció, Norma me preguntaba dónde podía estar y yo trataba de recordar. Fueron unos segundos, lo juro, sólo unos segundos, pero para el resto de la maldita humanidad habían pasado años y yo no era un hombre con un problema, sino un estorbo que causaba uno. Entonces pregunté, antes de irme derrotado: ¿Y no sirve con mi número de cédula? No, dijo la joven de la ventanilla mirando hacia atrás por el lado mío. Fuimos a comer hamburguesa.

lunes, 22 de febrero de 2010

Historias de los objetos (algunos recientemente perdidos) 1

Tarjeta débito de mi novia

No recuerdo como llegó a mi billetera. Una conversación de vé tú, no vé tú, que seguro perdí. Después la metí entre los demás papeles y ahí se fue quedando en medio de mis otras cosas así como sus caderas que me encuentro tibias en la mañana y sus rezongaderas porque trato de rellenarla como a un pavo de Navidad (pesa 42 kilos). La tarjeta está ahí, sirve para apagar de vez en cuando algún incendio relacionado con el agua o el mercado, pero sobre todo para recordarme que eso del machismo pasó de moda. Yo soy el que hace los mandados.

viernes, 12 de febrero de 2010

Cosas que hay en mi billetera

Tarjeta débito de mi novia
Tarjeta gold de Cinemark
Cédula de ciudadanía
Licencia de conducción
Tarjeta de la EPS Sanitas
Tarjetas de presentación de: Hotel los fundadores en Santa Rosa de Cabal, Centro decorativo del mueble, Eje Finca Raíz, Transportes y acarreos, Juan Uriel Guevara Umaña, transporte escolar; Muebles Romil; Jean Pierre Mariño, chef ejecutivo del restaurante Otelo; Carlos Arboleda González, Secretario de Cultura; Catalina Valencia Ruíz, de Valentino Gourmet; kaipiriña, Jairo Ortegón C; Felipe Álvarez, diseñador visual; Bistro de la Candelaria, cocina creativa; Ediciones B Colombia, Ana Ximena Oliveros; Q'hubo, Angelica Chica Duque; María Omaira Zapata, vende lociones, Mosaico fusión, María Teresa Restrepo; Arena accesorios, Angela María Hoyos; Licores Diana; Diego Fernando Aparicio, www.pegateya.com, Hotel Santa Ana, Medellín; Kreta, eventos; Hospedaje y restaurante El Coliseo; Que padre, comida mexicana; Salud Oral, recordatorio de citas odontológicas; una tarjeta para obsequio, Mariachi Huasteca; Fosa Orbital, Santiago Escobar Jaramillo, arquitecto; Misael Alejandro Peralta Rodríguez, jefe de prensa de la Universidad de Caldas; Tukama, hostel; Alquicentro; D' Nick, Tatoo; Jorge Hernán López, Psicólogo; Kamentza, folclor andino; Logística de eventos, Carlos Augusto Jaramillo Parra; La Patria, Ruben Dario Gil Zuluaga; Luz Adriana Trujillo Gálvez, Secretaria de Planeación; Davivienda, Luz Adriana Gómez Giraldo; Libelula Libros, Carolina Arango A.
Tarjeta débito Bancafé de Luz Adriana Gómez
Tarjeta débito de Conavi (mía)
Carné de profesor del colegio Anglohispano
Tarjeta capital, para montar en Transmilenio
Tarjeta Plata de Olimpica
Estampita de la Virgen
Tarjeta super cliente Carulla
Dos fotos mías de hace uno o dos años
Una foto mía de la infancia
Una foto de Norma Idárraga
Una foto de mi hermano menor
Una foto de cuando trabajaba en La Patria
Carné de exalumno de Colseñora
Carné de egresado de la Universidad de Caldas
Tarjeta plata de Olímpica (otra)
Tarjeta Súper Cliente Carulla
Recibos para rebaja de parqueadero en Cable Plaza
Tarjeta Éxito
Almanaque de Ediciones Paulinas
Tarjeta Citi Park
Citación a una cita médica
Un billete de mil pesos de mentiritas
Clave de la tarjeta Éxi1to
17 mil pesos en efectivo

lunes, 1 de febrero de 2010

Manizales, al calor del frío


En diciembre escribí este texto sobre Manizales para el número de enero de la publicación Avianca en Revista. Con permiso de sus editores transcribo ahora con dos intertítulos que no alcanzaron a ser incluidos en la edición, por cuestiones de espacio o de tiempo, creo.


Manizales, al calor del frío

Foto tomada de: http://www.skyscrapercity.com/showthread.php?t=548125&page=4

“Manizales beso tu nombre” es la frase que da inicio al himno de la ciudad que se jacta de mantener sus puertas abiertas. Habría que decir que, al despedirse, el viajero tendrá que citarla con una mezcla de alegría y nostalgia. Así lo vio Neruda que le dejó el título de fábrica de atardeceres (pero de eso hablaremos después). Lo primero que uno se encuentra al llegar al aeropuerto, como en cualquier parte, son sus taxis, o mejor, sus taxistas.

Aquí hay de todo y casi todo bueno. No sin razón, en las grandes ciudades, a los conductores de estos vehículos se les mira con cierta renuencia, temes que te lleven a donde no es, que te cobren más, que te estafen, que finjan perderse… en Manizales no, están hechos de otra madera, son corteses, justos y parecen vivir felices de llevar por sus calles empinadas a los viajeros recién llegados. Habrá que decir que además son baratos, te puedes dar el lujo de alquilarlos por horas o un día entero sin quebrarte. Además son preparados y hay de todo, llevan sus títulos con tanto honor como los médicos o los ingenieros: se puede contar los “taxistas amigos”, los “biotaxistas”, los “taxistas brigadistas” y algunos que aseguran ser bilingües, pero tienen un inglés tan macarrónico que es preferible pasarse a ese idioma universal que son las señas y la cortesía. Dan tanto gusto que uno se quiere dar una vuelta antes de llegar al hotel, emprender una pasadita por el Centro Histórico o subir a Chipre, que es una isla, pero en el filo de la montaña.

Para los que conocen Valparaiso, Manizales es bastante semejante en su apuesta por construir en laderas, sin mar es cierto, pero con otros encantos que la hacen más “amañadora”. La gente es amable, culta y con una necesidad natural de servir. No es extraño que uno termine con un guía turístico improvisado al preguntarle a la primera persona que pase por el frente dónde queda la Calle del tango.

Chipre, 360o de paisaje

Manizales está construida en el espinazo de la montaña, su vía principal, la carrera 23, recorre el filo por más de 10 kilómetros, a sus lados y hacia abajo se tiende o extiende la ciudad, sus barrios, sus otros encantos. En los días despejados se ven los tres nevados a lo lejos, imponentes, blancos, gélidos y evocadores. En el extremo occidental está la fábrica por la que Neruda se enamoró de esta ciudad. Desde el Monumento a los colonizadores se pueden divisar cinco departamentos o provincias en una vista de 360 grados. Para los amantes del verde esta es la oportunidad de verlo en todos sus tonos y matices, cambiando con el día desde los tonos tierra hasta el azul oscuro. Pero al final de la tarde hay que subir la cabeza y dejarse llevar por los amarillos, los naranjas, los rojos, los violetas… los atardeceres. No garantizo que esta tarde habrá un atardecer para no olvidar, pero si te quedas siquiera tres días, no te irás decepcionado.

Chipre es paseo obligado, incluso para los Manizaleños, que suben los domingos en familia, a pasear el perro, a jugar, a comer oblea, helado, arepa de choclo. Este es el lugar ideal para los entremeses, los dulces, el tentempié. Te sientas en la calle con un helado de tres pisos, salsa de mora y coco rallado por encima, y estás listo para dejar que el cielo haga su función. En agosto Chipre es sede de un concurso de cometas y todo el mes puede verse el cielo diurno coronado de estrellas de papel, se encuentran algunos de los diseñadores más originales y se construyen desde modelos bastos de dos varillas hasta auténticas cajas chinas; sin embargo, no es un negocio de profesionales, más bien es una actividad de aficionados que se realiza con la pasión que da tener el corazón atado de un hilo al viento.

A sólo unas cuadras está el Centro Histórico. Después de dos incendios, a principios del siglo pasado, el orgullo de los manizaleños vio en la catástrofe una posibilidad: decidieron que ningún fuego podría ahora con su Catedral. Con diseños de arquitectos franceses comenzaron la construcción de lo que hoy es un edificio neogótico en ferroconcreto con 113 metros de altura, lo que la convierte en la tercera iglesia más alta de América. Su aguja corona la iglesia y la hace visible desde cualquier parte de la ciudad, ergo, desde allí se puede ver casi toda Manizales.

Así que ¡a subir escalas!, cientos al principio, más después, pero vale la pena llegar a la cima de la iglesia y contemplar desde el Corredor Polaco otra faceta de Manizales, una mirada desde el cielo, como debe verla Dios. Este corredor, era antiguamente un entramado y peligroso pasaje, que ha sido renovado como un seguro –aunque agotador- ascenso a uno de los balcones con mejor paisaje de la ciudad. El paseo por la catedral es entretenido, los guías te cuentan la historia, te dejan tomar fotos, te toman las fotos, te enseñan los lugares ocultos de esta mole que ocupa toda una manzana en el corazón administrativo de Manizales.

Antes o después de entrar al Templo hay que darse una vuelta por las calles aledañas y poner la cabeza en medio de los omóplatos para poder mirar con detenimiento las construcciones de los alrededores. Frente a la catedral está la Plaza de Bolívar precedida por el Bolívar Cóndor del maestro Rodrigo Arenas Betancur, una representación de las ideas libertarias libertadoras, mitad (la de abajo) hombre, mitad ave que alza el vuelo. La desnudez de este macho-pájaro fue suficiente para armar revuelo cuando llegó para quedarse. Una obra escandalosa, en fin, aunque ahora ya todos se han acostumbrado a verla y ya las viejitas no se santiguan al pasar por ahí con los ojos puestos en los genitales expuestos.

Frente a la Catedral, en el otro extremo de la Plaza, está el palacio amarillo, sede de la administración departamental (Manizales es la capital de Caldas), una joya arquitectónica como para ganar de buena gana una tortícolis si el viajero se decide a entrar: las paredes, los techos y los pisos, todo parece retar a los ojo s y la imaginación. Las volutas, los arabescos, el eclecticismo se unen para formar una de las construcciones más ricas de la arquitectura republicana en la Región. De todas formas no hay que perderse los alrededores con otras fachadas que dan gusto, sobre todo por la utilización del bahareque, una técnica autóctona llamada también temblorero por su resistencia a los sismos, ajustado todo esto a estilos importados como la arquitectura republicana.

Si se caminan cinco cuadras hacia el oriente se pueden seguir disfrutando las construcciones y llegar al Parque Caldas en cuyas aristas se pueden visitar un centro comercial con un diseño bastante singular y otra iglesia que vale la pena ver: La Inmaculada Concepción. A una cuadra de allí está el recién inaugurado Cable Aéreo, que permite llegar a un sector conocido como Los Cámbulos en donde se puede comer plátano maduro asado con queso y bocadillo acompañado de un vaso de postrera, una de las delicias que uno debe evitar perderse a no ser que tenga un estómago frágil o intolerancia a la lactosa.

Valor y sangre

Víctor Diusabá, uno de los aficionados y cronistas taurinos más recorridos en Colombia, no puede dejar de sentir un estremecimiento cada que escucha la Banda Taurina de la Plaza de toros de Manizales: “No he oído en el mundo mejores pasodobles tocados en un plaza de toros”, me dijo hace ya un par de años, una tarde en la que el aguacero arreciaba y la banda calentaba el ambiente de una corrida en la que el torero se había quitado las zapatillas y mostraba su valor sin importar lo jabonoso del piso que podía hacer fallar tanto al matador como al toro en su embestida.

En Manizales los toros son una pasión, no por nada se dice que es la mejor Feria de América, la banda (habrá que creerle a Víctor que recorre cada año las principales de América y ha estado incluso en España y Francia) vale la pena por sí sola. Es por esto que si uno está un domingo en la ciudad, deberá pasar a las 11:00 de la mañana por el parque Ernesto Gutiérrez (el creador de la Ganadería que lleva su nombre) y escuchar la retreta que dan estos muchachos.

Pero para escuchar el Pasodoble Feria de Manizales hay que estar en una auténtica tarde de sangre y valor, pues este es el premio que se da a las corridas excepcionales, y aquí, créanme, la presidencia de la plaza no regala nada.

De este pasodoble vienen dos frases que ayudan a entender a Manizales y su Feria: la primera se convirtió por error en el lema de la ciudad: “Manizales del alma”, en realidad el pasodoble dice: “Manizales de malva”, refiriéndose al color del cielo en los amaneceres y ocasos; la otra es “Toda la feria es un rio” que uno entiende cuando mira desde el Parque Olaya la carrera 23 como un rio de gente de más de 15 calles durante toda una semana.

Los toros son sólo una pequeña parte de la Fiesta, la que la motiva si se quiere, pero aquellos que no gustan de las corridas pueden disfrutar de desfiles, del Reinado Internacional de Café, de Ferias de Artesanías, de las tradicionales carreras de carritos de madera, de las típicas fondas de la arriería y de otros cien planes que tiene la ciudad para sus visitantes.

La máscara del teatro

En el segundo semestre del año, generalmente entre septiembre y octubre, se da en Manizales el Festival Internacional de Teatro. Hay que decir que la ciudad se viste para la ocasión, o mejor, se pone su máscara para “teatrear”.

Mario Hernán López describe la ciudad durante estos días en unos de sus cuentos: Manizales “adquiere un tono alterado, capaz de cambiar el orden empecinadamente natural de las cosas. Cesan por un momento el insoportable chismorreo político, las conversaciones inocentes de los vecinos y los lugares comunes; en su defecto aparecen viejos amigos contando los sucesos culturales de otras tierras (…) Los grupos de teatro van llegando a las plazas, los transeúntes se detienen para observar a los actores disponiendo sus escenografías, mientras los técnicos y auxiliares se dedican con afán a la preparación de luces y sonido. Las telas de colores, con los emblemas coloridos del Festival indican sin equívocos que el territorio ha sido liberado para el teatro. En instantes surge una especie de complicidad entre actores y el público. La gente mira el reloj, pospone sus citas para otra ocasión y decide quedarse definitivamente en la plaza. Todos van cayendo en la trampa que les tiende la imagen teatral”.

Aquí se inventó el verbo “pajariar”

Hace ya un par de años que a Manizales empezó a llegar un nuevo tipo de turismo, el del avistamiento de aves. “Pajariar”, como dicen los locales, es una de las actividades más relajantes y “encarretadoras”. Y para esto nada mejor que la reserva natural de Rio Blanco, donde reinan las aves.

A caballo o a pie se puede subir hasta los páramos de selva húmeda, pero en todo caso el silencio debe ser el requisito. Un par de binóculos, una cámara y una libreta de apuntes son suficientes para esta cacería fotográfica en donde los pájaros son protagonistas aunque, con algo de suerte, se pueden ver venados o leones de montaña.

Hasta ahora se han avistado 362 especies de aves en este bosque, 30 de ellas migratorias, 30 rapaces y 13 en peligro de extinción. Así que si lo que busca es paz, relajarse y tener un encuentro con la naturaleza, este es su plan.

A eso le puede sumar hospedarse en hoteles de estilo campestre como Termales del otoño en el que además las aguas cálidas y azufradas ayudarán a un descanso total y terapéutico, acompañado de un restaurante que ofrece desde picadas para acompañar un trago hasta platos internacionales. Otra opción es el Hotel Recinto del Pensamiento que funciona dentro de una zona protegida de 129 hectáreas, con espacio propio para observación de aves, un mariposario, un bosque de orquídeas… y todo ahí, al alcance de la mano. Además, es el único hotel que cuenta con su propia tienda Juan Valdez y restaurante de comida típica que recoge no sólo la gastronomía del Eje Cafetero, sino de otras partes del país.

El Nevado, un león dormido

Los lugareños llamaban al Nevado del Ruíz el “León dormido”. Por suerte, ahora no ruge y este volcán se encuentra en una paz que permite visitar incluso el cráter. A hora y media de Manizales, por una carretera que se deja andar en automóvil, pero que es mejor en campero o bus, se llega al parque Natural de los Nevados que comprende tres cimas blancas: El Ruiz, Santa Isabel y el Nevado del Tolima.

Un grupo especializado de guías ayudan a los visitantes en la tarea de lograr cima, casi todos estudiantes universitarios y amantes endemoniados de este clima helado. Gabriel Echeverri es el guardabosque y desde hace 20 años es el encargado de hacer que el Nevado siga siendo una zona protegida, que los cazadores no hagan de las suyas y que los incendios no devoren lo que ya se ha tenido que proteger del hombre.

Hay muchas formas de disfrutar este refugio de cóndores, frailejones, osos de anteojos, fauna y flora de páramo, pero sin duda es con Echeverri que uno siente que está conociendo la historia. Es él quien da ánimos cuando uno se pregunta por qué, qué demonios hago acá en medio de este desierto helado y esta falta de oxígeno que se siente en las sienes, el estómago, la espalda y los músculos. Gabriel dice entonces con voz pausada: “ya falta poco para el glaciar, caminemos sólo otro rato y descansamos” (así, siempre con el mismo mantra, logra llevarlo a uno -a pesar de uno mismo- hasta la cima de blancura perpetua). El guardabosque anda estas tierras y se sabe sus caminos de memoria aunque el paisaje haya cambiado rápido últimamente. La nieve se ha replegado más allá de los cinco mil doscientos metros. Lo que antes eran glaciares y nieves perpetuas se ha convertido en arenales y pliegues que, de lejos, hacen infranqueable la cima. A Gabriel no le preocupa, puede andar cada palmo sin fijarse, hace ver fácil ese ascenso que uno maldice hasta que por fin llega al borde de la nieve y esos 24 kilómetros de glaciar que suben hasta los 5 322 metros sobre el nivel del mar. “Bonito, ¿no?” pregunta mientras se prende el sexto cigarrillo de la mañana y mira hacia los nevados del Tolima y Santa Isabel. “Ayer estaba por allá (señala algún lugar en las faldas del nevado del Tolima), tuve que caminar bastante para estar acá hoy temprano”. Al Parque llegan muchos alpinistas en preparación para hacer grandes cumbres. Hacen lo que los guías llaman el tres por cuatro: tres cimas en cuatro días. Es extenuante, una maratón en medio del frío, la falta de oxígeno, la incomodidad y el cansancio. No me atrevo a preguntarle a Gabriel cómo llegó acá tan pronto. Abajo se ve ese desierto helado ampliarse en tonos que van desde el amarillo hasta el gris. Se ven algunos pajaritos que corren de un lado al otro buscando entre las piedras. El aumento de las temperaturas ha permitido que suban hasta acá.

En el glaciar el viento sopla, hemos de agradecer todavía a la montaña por permitirnos subir, Gabriel lo aprendió de los indios de la Sierra Nevada y por lo que cuenta, son pocos los turistas que logran el favor de ver desde la cima los otros dos Nevados. El soroche o mal de montaña deja al 70 por ciento de los visitantes mucho más abajo, en la bandera de Colombia que ondea señalando los cinco mil metros. Sin embargo, el dice que es cuestión de actitud y no de capacidad, cualquiera, en condiciones normales, subiendo despacio y siguiendo las instrucciones de los guías, puede lograr una de las cimas más hermosas de los Andes.

La noche

De regreso en Manizales la noche espera y el sector del Cable es sin duda una buena opción. Valentino Gourmet vende chocolates preparados por su propietaria, Catalina Valencia, una arquitecta que se dejó seducir por el cacao. Para evaluar su talento y conocer sus secretos basta con el paladar. Pero además se pueden disfrutar cocteles y tanto los clásicos como los de la casa (de chocolate, por supuesto) están bien preparados y dejan un sabor de no quererse ir.

Uno de los sitios más tradicionales de este sector es Juan Sebastián Bar, un lugar que ha sobrevivido 16 años sin cambiar su filosofía: “solo jazz, blues y buena música”. Sus margaritas son famosos y siempre iguales.

A la hora de comer hay que visitar dos restaurantes que llegaron para quedarse: Bologninis, una cocina italo-argentina que regenta un gaucho que encontró el amor en esta ciudad, y Portofino, de un italiano medio loco que fuma y conversa sin parar y sirve las mejores carnes que se puedan comer en Manizales.

Para dormir, qué más da… mejor tomar un taxi, alquilarlo un par de horas y pasear por las calles de una Manizales que todavía tiene mucho más que dar.

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Del miedo a la muerte

Morir, dormir, tal vez soñar
W.S.

Hasta hace pocos días decía sin duda alguna que no le temía a la muerte. De cierta manera aún no le temo, pero... Sin duda hay cosas de cosas:

Tengo miedo a una muerte ridícula. A que el avión se caiga y no se salve ni Dios. A que un borracho me arrolle. A que me parta un rayo. A que se caiga un bloque de una construcción y me parta la madre. A que un traqueto haga un tiro al aire y me lo pegue.

No le temo a morir en mi ley, mirándola a los ojos en obscuros callejones o en misiones que me impone el trabajo. No temo a morir mostrándole a una mujer que podría morir por ella. O al donarle un riñón a mi amorosa madre. No temo a morir en duelo, en franca lid, dándole la cara a la muerte y esperándola como los toreros valientes, que quieren hacer el quite pero saben que un día el animal se avisará y volteará la cara y con ella los cuernos.

Dios: que no muera de manera ridícula, que no me cague en los pantalones cuando llegue el momento. Que la parca corte mi hilo con piedad. He vivido mucho e intensamente. He sido lo que he querido: vendedor puerta a puerta, ladronzuelo, amante de una mujer que me mantuvo, deudor moroso, filósofo, escritor, periodista, profesor, poeta, cantante de una banda de heavy, ajedrecista, seminarista, contador de historias... déjame ser también un buen muertito. Uno con un rictus feliz, uno del que digan: "tiene una cara de haberse ido en paz".

Me pregunto: ¿Por qué irme ahora? cuando todo anda tan bien. La respuesta es sencilla ¿Por qué no? Es mejor no darle tiempo a la vida de que se invente una manera de poner zancadilla y que uno se caiga de la cama y se tuerza el cuello. Luego todo el mundo recordará, no sin risas, al hombre que murió al caerse de su lecho. No, no quiero eso. Por eso seguiré pareciendo valiente que a veces es lo mismo que serlo. Como estas líneas parecen medio suicidas, los decepcionaré: quiero la vida, la amo, me aferro a ella, pero eso es porque sé que allí está la pelona, esperando, haciéndome guiños, convirtiendo la vida en un juego interesante y sensual.

martes, 10 de noviembre de 2009

Llueve sobre mojado

Me gustan las ciudades frías, me gusta que llueva, a cántaros, me gusta la neblina y el aire nostálgico. Cuando era niño me encantaban los rayos pero le tenía pánico a los truenos, todavía coservo algo de eso. Supongo que soy más visual que auditivo.

jueves, 5 de noviembre de 2009

Diarios del pasado 8

Cartagena, Las mantenidas sin sueños

"No cuento el vuelto, siempre es de más"

(He mantenido el tono de cuando escribí la primera vez estas líneas, por eso el presente, pero hace ya bastante que vieron la luz)

Hoy ya es viernes y no logro recordar muy bien las peliculas que me vi el lunes, necesito la programación y como ya empaqué maleta (en realidad me la empacaron porque a mí nunca me caben las cosas) entonces no la tengo a mano para acordarme.

Sin embargo, les contaré un par de historias de esta ciudad que por estos días destila cine por todos sus poros.

El otro día salí a caminar por la playa con Y, entonces se nos acercó un hombre de la calle, era blanco, esto tiene alguna importancia porque es raro ver a los blancos pidiendo por estas tierras. Me pidió 500 pesos para pagar una llamada telefónica, le dije que no tenía dinero y el sacó de su bolsillo una moneda de 100 pesos y me la dio. Me dijo: "Yo soy tu way" (escribo así porque así entendí). Luego el hombre se marchó. Pensé que él no era tan pobre como para no tener algo que dar. Todos tenemos algún presente que dar a otro. Pero creemos que nunca nos sobra nada.

Yo no soy excesivamente tacaño y mis amigos saben que pueden contar hasta con el último centavo de mi bolsillo así como yo cuento con el de ellos siempre, lo que no tiene mucha gracia porque para eso están los amigos. Pero, ¿podemos hacer cosas por otros, por desconocidos? Creo que lo puedo hacer, aunque no dar plata, el otro día robé un afiche de una pelicula argentina que un muchacho que acababa de conocer quería. Se lo regalé y estuvo muy contento, yo no entendía su emoción, pero en serio se fue muy agradecido por el gesto.

Me gustaría llegar a ser budista, uno de verdad. Que pueda desear sólo lo que tengo. Pero por ahora estoy en el camino de la búsqueda, que es el más largo. Santa Teresa de Jesús decía que valía más la pena poder rechazar algo, que obtenerlo todo. Yo más o menos ando en eso. Pero es difícil, aquí la gente se embriaga de lo lindo, yo también, el clima no me ayuda mucho y me emborracho rápido. He tenido buenas intenciones, he querido escribir mucho más porque tengo buenas ideas, pero no logro concentrarme. De todas formas me largo mañana para el Parque Tayrona, espero estar en la playa leer un poco y tratar de entender a L. Sí, ya sé que es imposible tratar de comprenderla, más bien, quiero verla desde lejos jugando, siempre jugando.

Algunas veces me siento medio calabaza, me asusta decepcionarla pues no tengo muchas cosas interesantes que decir de un mundo de cosas que ella conoce muy bien. Me gana en filosofía, cine, vivir, drogas, alcohol... es increíble, destila vida por todos los poros. De todas formas no me amedrento, ya tengo el fantasma del hombre Marlboro sobre mi y vivo bien con él.

Además, no me importa estar a su sombra, es bonito callar mientras ella defiende sus ideas en la playa o ante personas que la escuchan con respeto.

He aprendido a conocer a sus amigos. Niños inteligentes, interesantes, creen que se están inventando el mundo, creen que son los primeros que hacen algunas cosas. Muy vitales. Recuerdo cuando tenía 20 años. Era muy diferente, mis diversiones eran mucho más underground que las de ellos que se creen los reyes de lo subterráneo. Aunque es posible que así sea, estas corrientes son diferentes en la clases altas y en las bajas. A mi me tocaron las segundas, fueron buenos tiempos de los que no me siento orgulloso, pero de los que no me arrepiento.

Aprender tanto me marea, ando con la cabeza como una totuma, pero sin duda conociendo mucho más sobre el séptimo arte, sobre términos, sobre como se mueven la gente o como se hace una peli con toda la plata del mundo o sin nada.

Con Y las cosas no estuvieron mal, ella peleó como sabe, pero yo la dejé ser. Al final se fue contenta aunque jurando que nunca la había pasado tan mal. Siempre es lo mismo, le teme a ser feliz, la asusta, se siente traicionando algo, creo que de su pasado.

He tenido buenas y nuevas ideas para la novela. Creo que mi protagonista pasará unos días en la playa. Hace unas noches estuve caminando los sectores de putas, me gustan, quiero hacer algunos retratos de putas y travestis. Ya veremos que pasa.

lunes, 26 de octubre de 2009

¿Cuanto cuesta un veto?




Según la Constitución Política de Colombia, por estas tierras del Sagrado Corazón hay libertad de expresión y por lo tanto ‘Residente’ del grupo Calle 13 tenía el derecho de ponerse la camiseta que le diera la gana y además de que en ella dijera lo que a él le diera la gana.
Ese mismo derecho lo tiene, incluso para decir bobadas si quiere, el Alcalde de Manizales, Juan Manuel Llano Uribe. Nuestra constitución, como vemos, no hace diferencia entre quienes hablan, aunque hablen mal.
Hasta acá todo muy bien, hasta chistoso. El problema comienza cuando el Alcalde decide pagar un aviso en La Patria para vetar a Calle 13. Resulta que su chistecito tiene un costo de seis millones de pesos. Como la Alcaldía de Manizales tiene un contrato de publicidad por todo el año con este periódico, es posible que tenga un importante descuento, digamos pues, que tan solo costó cuatro millones de pesos.
Cuatro millones de pesos!!! No de él, de los contribuyentes, ese dinero no le pertenece aunque se crea dueño de la ciudad y por lo tanto con capacidad de decidir quién viene y quién no, aunque nuestras leyes permitan la libre movilización.
Llano pretende salir a decir que Calle 13 insultó al país y a la ciudad cuando en realidad el ataque del músico iba contra una persona. Así que en realidad el veto no es por defender el honor de los colombianos, sino de uno en especial, al que el llama cariñosamente papá.
A Juan Manuel Llano parece no importarle no tener argumentos legales ni constitucionales para vetar a Calle 13. Toma decisiones con relación al presupuesto basado en sus prejuicios, sin tener en cuenta verdaderas necesidades de la ciudad. Uno de los fundamentos de la libertad de expresión es respetar la disidencia y las opiniones, pero el finge ignorarlo porque no le importa la ciudad ni los ciudadanos.



En este momento circula por Facebook un derecho de petición para exigirle al Alcalde que explique jurídicamente su decisión.
Por ahora le propongo a todo estudiante desocupado, con ganas de enviar un derecho de petición, tener en cuenta estas palabras de la abogada Ana Paula Castro Castro:
“Me parece que sería muy bueno pedirle al Alcalde el sustento de la contratación con La Patria, es decir, dónde está el estudio previo que fundamenta la necesidad de que se hiciera esa contratación para publicar el asunto. Tiene que existir algún fundamento para poder gastarse la plata pública en difundir ideas privadas que no tienen nada que ver con el interés general. Me parece que podría analizarse la posibilidad de una indebida contratación. Es probable que pueda prosperar algo al respecto porque ni legal ni constitucionalmente el vetar a un grupo amerita una contratación administrativa, difundir las ideas personales de un funcionario no tiene nada que ver con los objetos de contratación estatal”.

jueves, 15 de octubre de 2009

A la caza del sancocho de gallina

Eran las 2:30 de la tarde, había perdido ya del todo la esperanza de comerme un auténtico sancocho de gallina vallecaucano y me senté desconsolado en un pequeño restaurante de la quinta. ¿Qué tiene de almuerzo? Sopa de Moneditas. Mmmmm. ¿No le gusta la sopa de moneditas? No es eso, es que no soy de acá y quería comerme un sancocho de gallina. Mmmmm, por acá sólo hacen los domingos... a no ser que... ¿Que qué? Que vaya a la galería, allá siempre hay.
En Cali hay siete galerías, algunas realmente tenebrosas, pero hay una cerca del centro, cerca de donde estaba. Así que agradecí y partí hacia Alameda, el barrio donde estaba la plaza.
Llegué como 15 minutos después. Ante mi había una galería bastante bien cuidada, con sector de restaurantes abierto. Con poyos enchapados en blanco y silla a lado y lado. Había cerca de seis restaurantes. El hombre de las moneditas de plátano me había recomendado un sitio llamado Patolin (así sin tilde), allá llegué.
Un sancocho de gallina, por favor. ¿Con gallina? Sí, claro.
Lo primero fue un plato hondo lleno hasta el borde, caliente, con cilantro fresco picado por encima, adentro flotaban la papa, el plátano y la yuca. Iba por la mitad pensando en cómo haría para comerme toda esa cantidad de delicioso sancocho cuando llegó la bandeja.

Bandeja: Una pechuga y un ala de gallina en un salsa de caldo, tomate y cebolla (o sea como medio pollo) arroz (demasiado) ensalada (abundante) Patacón (grande y crujiente).

De verla no más, quedé lleno. Terminé, a duras penas, la sopa. Y me quedé mirando la bandeja como una tarea irrealizable. Decidí entonces probar un poco de la gallina para confirmar por qué no me gusta. Quité el cuero con dificultad porque estaba bien pegado, corté un pedazo de pechuga y me lo llevé a la boca. La pechuga es una presa difícil de sazonar completa. Es muy seca, muy sin gracia. Sin embargo esta estaba casi jugosa, con consistencia pero no dura, era, en pocas palabras, la mejor pechuga que he comido en mi vida. Así que lleno, como estaba, empecé a atacar la gallina, despacio, saboreándola untándola en esa deliciosa salsa criolla, así llegué al arroz, blanco, separado, con gracia, sin gritar, suave y buen acompañante, como nos gusta muchos que sea el arroz. Decidí que era ya demasiado y que sólo probaría, para efectos de esta crónica, el patacón y la ensalada. Pero el diablo es puerco y el patacón estaba crocante, de plátano bien verde, bañado en jugo de limón antes de ser fritado. Y la ensalada, la ensalada, era fina, delicada, con limón y aceite común para hacer la vinagreta, pero bien hecha, sutil y fresca en medio de este calor de los mil demonios.
Acabé con todo. Acompañado de una deliciosa jarra de limonada (tres vasos). Sentí deseos de levantarme y aplaudirme, pero no podía. No pude hasta 40 minutos después, cuando me levanté orgulloso de haber logrado la caza del sancocho de gallina.

martes, 13 de octubre de 2009

Cali, día dos

Ayer probé la lulada: es una mezcla de limonada a la que se le agrega lulo ("Prepare un litro de limonada, y agregue pulpa del lulo despedazada con la mano, agregue a la limonada y continué triturando la pulpa con las manos muy limpias, bata con un molinillo. Agruege hielo picado y disfrute de su lulada, agruege azúcar hasta que le encante").


Lulada


Me quedo en un barrio llamado San Fernando, al norte, bonito, con casas grandes y árboles que dan sombra en los antejardines. Algunos de ellos son de estaciones y parecen enloquecerse sin saber cuándo deberían dejar caer las hojas. Sin otoños ni inviernos se podría decir que son libres de quedarse calvos cuando les de la gana.
Anoche llovió, a cántaros, perros y gatos, una lluvia reparadora, bendita, que invitaba a salir y cantar y bailar debajo de ella. Mientras tanto, en la habitación del hotel me quemaba la fiebre, me resquebrajaba los labios, me invitaba a salir corriendo hacia afuera. Fiebre y lluvia parecían dos amantes que quisieran encontrarse a través de mi cuerpo. Querían jugar destruirse uno al otro en un beso de frescura y ardor. No cedí a la tentación.
Busqué durante más de dos horas un sancocho de gallina en leña, después renuncié y dije: sólo un sancocho de gallina, finalmente pedía sólo sancocho y terminé tomando sopa de pastas. Es raro, en Medellín en cualquier esquina te venden Bandeja Paisa, acá, según me dijo un taxista, sólo los domingos se consigue fácil el sancocho de gallina: "por allá por pance, las familias van y lo preparan a la orilla del río. Hay otros sitios, pero en carretera". El taxista resulto ser un hombre conocedor de comidas típicas y de metederos. Hablamos de la lechona de la mona en el Espinal, del sancocho de doña lola en Jamundí, de la asadura, de la longanisa en Boyacá. "Usted es un viajero de la comida me dijo", me gustó que lo dijera, sobre todo porque venía acompañado de quien les conté ayer.
Hoy, como tengo la tarde libre, iré en busca del Sancocho, será una auténtica cacería. Espero tener suerte, en medio de todo me dedicaré al pandebono, el champús y algunos dulces tradicionales.
Necesito toda la buena energía. Por la noche ver una amiga del alma y tomarme unos buenos tragos al lado de dos amores.

lunes, 12 de octubre de 2009

De los viajes

Siempre me he considerado un viajero. No me incomodan los medios de transporte, ni el cambio de clima, dormir en el suelo duro. Me gusta eso de llegar a un sitio que no conozco y acoplarme. Siempre me ha enorgullecido saber que puedo llegar a casi cualquier sitio con un mapa (urbano claro).
Me gusta la idea de pensar que de alguna forma soy un viajero, siempre en movimiento, siempre dispuesto a conocer otras personas, otros acentos, otras formas de vivir y ver el mundo.
Antes la gente me veía un poco así, por eso extraño haber sido artesano y periodista. Me veían y decían: "qué bueno poder ir a todas esas partes", y yo decía: "sí, pero también es duro". Ahora no.
Me encuentro en Cali. Llegué hace unos minutos a la terminal de transportes. Me han preguntado por teléfono que si estoy muy encartado y respondí que no, que estoy acostumbrado a viajar y a no maniarme. Casi se mueren de la risa. Casi me muero de la ira.
He venido a un café internet para poder sofocar un poco esta sensación de impotencia. Creo, en serio, no por mí, sino por lo que siento dentro de mí, que lo soy. Siempre me he definido como un cenobita, un hombre sin lugar, sin raíces...
Ahora resulta que no, que soy un sedentario, un hombre de un lugar. No sé cómo sentirme al respecto. Mal, creo. NO es lo que prefiero.
Hace sólo un par de años viajé a Cartagena, al Festival de Cine, casi sin dinero, estuve también en Barranquilla, Santamarta, el parque Tairona. Escribí algunas crónicas sobre eso.
En fin, tengo buenos recuerdos de algunos viajes. Así que volveré a sacar a relucir mis viajes en los Diarios del pasado. Atenganse mis queridos lectores, porque voy sin censuras con una Guía para viajeros sin plata.
No es que eso me convierta de nuevo en uno. Pero al menos me hará recordar que lo fui, creo.
Si voy a ser un árbol, al menos que sea uno con recuerdos.
Por ahora les iré contanto cómo me va en Cali.

¿Cómo las flores?
La canción es clara, "las caleñas son como las flores", pero faltan datos: ¿por qué? ¿el olor? ¿se marchitan rápido? ¿pertenecen al reino vegetal? Ya he venido antes y siempre he tenido la misma impresión: la mayoría no son tan bonitas. Las más hermosas están en dos sitios: los centros comerciales más finos y los barrios más pobres. Hasta ahora, por lo que vi en el avión, y luego en el viaje hasta la terminal y acá mismo, mientras espero, no son tan despampanantes. Hay una cosa que me decía el director caleño Jaime César Espinosa (Helena 2009)sobre sus coterráneas: vos podés ponerles los cachos a una caleña, podés darle mala vida, pero nunca pegarle. Eso pasa en cualquier parte de Colombia menos acá. Si le pegás a una caleña, estas frito".
La verdad, sí me da la impresión de que son muy bravas. Ahí está el parecido: tienen espinas, como las rosas. Pero son alegres, cariñosas y menos solapadas que la mayoría de las colombianas.
Tuve, hace ya varios años, una amiga escritora: Monica Emma Lucía Chamorro. Payanesa de nacimiento, pero caleña por decisión y domicilio. Era un encanto de mujer. La visité un par de veces en esta ciudad junto con su esposo, un italiano que hacía todo lo que ella le pidiera y más. Ella le decía "salta" y él contestaba: "qué tan alto". Así eras las cosas. Ahora ella vive en Italia, o al menos hasta hace unos tres años que le perdí la písta, así era. Era una mujer fascinante y depresiva. Hermosa.

La comida
Cali es famosa por algunos platos. Creo que venir a Cali y no comer sancocho de gallina hecho en leña es un auténtico despropósito. En lo particular, creo que es difícil encontrar una gallina que sepa bien, incluso acá, por eso generalmente no me la como. El resto del sancocho sí: la papa, el caldo, la yuca, el arroz, la ensalada. Todo es genial, en especial el olor a leña. me quedaré dos días y espero comerme uno como Dios manda. Ya les contaré. También está el champús, que nunca he probado, creo que esta vez me arriesgaré y el cholao, que he comido en otras partes, pero no acá.

Por ahora, y desde la sucursal del cielo, me despido.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

Declaración del equivocado

Anoche le llovían los ojos
como a gatos
Podía oir como se le oxidaba
el corazón
con la humedad tímida de su
tristeza
Cerré los ojos por no enterarme
a dónde iban sus sueños en desbandada
Me equivoqué sin gracia
sin tino
sin alivio
Ahora bebo el caldo picante del dolor
acompañado con la salsa de la culpa
mientras que escampa en sus ojos.

lunes, 7 de septiembre de 2009

Ars cuentística

En el cuento se debe decir poco, preferiblemente nada. Como con Hemingway, se debe insinuar más que decir. Habrá que describir una sala, un baile, en donde todo está bien, todo es perfecto. Y sin embargo, en el alma del lector, quedará una sensación de vacío, de inconformidad. No podrá explicar por qué.
El lector debe sentir que pudo escribir eso que lee. Debe tener la impresión de que es fácil.
Los cuentos infantiles deben tener un aire sensual. Los negros, pueril. Los fantásticos, argumentativo...

Un argumento

Un hombre entra en una tienda. Busca una cuchilla de afeitar, pero compra un disco de música popular de Tanzania. El tendero le recomienda la pista tres. Llega intrigado a su casa. El CD no funciona. Regresa molesto a la tienda. Era el último CD que había. El hombre se siente deprimido (esto se debe decir muy sutilmente, sin usar adjetivos, mejor usando un gesto, un suspiro...)Se lleva, en cambio, una cuchilla de afeitar.

domingo, 23 de agosto de 2009

Prólogo de "Lo que sobra del silencio"

Escribí este prólogo más con el corazón que con la razón. Sabrán disculparme.


Viví durante cuatro años bajo su yugo. La Patria me contrató sin un día de experiencia y le impuso mi adiestramiento al jefe de redacción; un tipo extraño, una especie de niño grande que hacía pataletas cuando las cosas no salían o no se hacían como él quería. Su frase de combate era: “no entiendo”. Todo había que explicárselo tres o cuatro veces, escogiendo muy bien las palabras. Si no le gustaba lo que escuchaba, uno terminaba a toda carrera, con él detrás blandiendo su zapato.
Así, la sala mantenía en un constante hervor que hacía que trabajar allí fuera la cosa más divertida del mundo. Orlando Sierra era encantador cuando estaba de buen humor y entretenido cuando estaba enojado. Con otros.
Alguna vez le pedí ayuda con una entrevista en la que yo creía que no lograba ser justo con el personaje. Se sentó en mi computador, la volteó, la moldeó como si fuera arcilla en manos de un alfarero y convirtió mi chapucera y clásica pregunta-respuesta en algo lleno de color y magia.
Terminó y se fue sin decir nada. Cuando iba a mitad de camino entre mi cubículo y su oficina le grité medio histérico: “así no tiene gracia”. Paró en seco y se quedó mirándome. “No entiendo”, me dijo, mientras se iba devolviendo lentamente, esperando oír algo que mínimamente no le gustara, para embestir.
“Pues la entrevista quedó muy bien, pero yo no aprendí nada”. Cuando terminé dio media vuelta sobre sus talones, un gesto muy suyo, y se fue hacia su oficina. Regresó con un casete en las manos: “esta es la entrevista con Mario Vargas Llosa, me dijo, desgrábela”.
Para cualquier periodista de la sala de redacción desgrabar algo de otro era trabajo de secretaria. Sin embargo, en el proceso entendí varias cosas: la magia de mi jefe escribiendo entrevistas estaba en su fingida ingenuidad.
Una vez presencié en la casa de Carlos Arboleda un duelo entre el escritor Santiago Gamboa y Orlando, para ver cuál de los dos era capaz de citar de memoria más comienzos de libros de Vargas Llosa; se tuvo que declarar un empate al final, porque se acabaron los títulos.
Mi jefe conocía a Vargas Llosa al derecho y al revés, era un ferviente admirador. Sin embargo, al comienzo de la entrevista era como si no lo conociera. Yo no entendía. Le preguntaba cosas que era obvio que Orlando sabía. Tuvo que pasar más de una hora para que me diera cuenta de qué ocurría. Él tejía una red de preguntas, de palabras, en la que se iba ganando al personaje. Les preguntaba por las cosas que ellos ya habían contado hasta el cansancio, pero siempre lograba sacarles algún detalle que no habían dado nunca. Después, con su red de palabras, convertía cualquier entrevista en una conversación.
En la segunda parte de sus sesiones interrogatorias (no se me ocurre otro nombre), cambiaba de estrategia: dejaba de preguntar y se dedicaba a hacer afirmaciones largas y bien elaboradas con el ánimo de picar la lengua, de que el personaje dijera lo que quisiera, para conocerlo también en su personalidad, a través de sus respuestas. Sus entrevistas eran largas, larguísimas, y sus preguntas, la mayoría de las veces, eran más largas que las respuestas de su personaje.
Esa era la primera etapa. La segunda era la escritura. No sé cómo lo hacía en todas pero sí puedo decir como lo hizo muchas veces. Tomaba un puñado de frases que le parecían importantes, contundentes, interesantes o simplemente con color y las ponía a un lado. Eso lo usaba para las respuestas. Lo demás lo aprovechaba para describir la personalidad de su entrevistado, para crear largas digresiones y contextualizar.
Además era un observador de los gestos. Podía ver los nervios en el mover de las manos, la ira en el temblar del labio, la soberbia en una ceja que se levantaba, y hacérselo ver al lector.
Esta selección de textos, que no antología, recoge cerca de 15 años de entrevistas suyas, la mayoría de índole político. El lector seguramente las disfrutará al darse cuenta que nada parece cambiar, por lo que algunas están tan vigentes como el día que se escribieron.
Era fácil reconocer el valor de Orlando en su Punto de encuentro, pero muchas veces hubo más coraje en las entrevistas. La columna era escrita en la intimidad, mientras que éstas aparecían como fruto de un diálogo en el que no se amilanaba frente a su compañero de conversación, sin importar si era un político -que regía como una especie de pequeño dios estas tierras- o el hombre fuerte del café.
Después de terminar la transcripción de Mario Vargas Llosa, se sentó a mi lado y comenzó a editar, dándome una clase de cómo se hace. Sobre todo, entendí que hay cosas que se aprenden y hay cosas que se hacen por intuición, y la de él era increíble.
Los prólogos suelen ser mortalmente aburridos, así que, para terminar, un par de precisiones sobre este volumen: la selección de los textos se hizo con varios criterios: que hubiera algo de cada época, que los personajes todavía se recordaran o que la historia fuera tan buena que no importara si el lector conoce el personaje. También hay criterios subjetivos, como él hubiese querido.
Aparecen dos obituarios. Era un maestro haciendo eso de hablar de los muertos sin tener que llenar los párrafos de eufemismos y calificativos elogiosos. Nos hace ver que los seres humanos están construidos de virtudes y defectos y que finalmente eso es lo que recordamos. Tal vez este también es un pequeño obituario.
No se incluye la entrevista con Vargas Llosa porque Orlando no hubiera querido: yo la arruiné tratando de pasarme de listo. Y faltan muchas, muchas, pero podría apostar a que con estas se divierten.

domingo, 2 de agosto de 2009

Diarios del pasado 7

Manizales, las cosas que pasan


Conocí a esta mujer un día que iba en la camioneta del periódico, mirando por la ventanilla. ella llevaba agua en un tarro de pintura. Me bajé y le pregunté dónde vivía. “Aquí” me dijo, “¿aquí dónde?”, le pregunté, “aquí” y me señaló la ladera al lado de la avenida que del Batallón conduce al Bosque Popular. Mandé al chofer de regreso y me quedé con ella.
Conversamos un rato y luego me ofreció aguapanela preparada en un fogón de leña alimentado por palos pintados con pintura de aceite. El olor era nauseabundo, pero ella me la ofreció con tono desafiante. Acepté y ella, a cambio, confesó su historia en un largo monólogo. Había sido víctima del terremoto de Armenia, se había quedado sin familia y su compañero se había ido.
Publiqué la historia sabiendo que era buena, pero que nada cambiaría. Al día siguiente el alcalde prometió que mientras el estuviera dirigiendo los destinos de los manizaleños, nadie viviría bajo un puente. Y cumplió. No la volví a ver.
Como un año después me la encontré, iba con cinco perros y una pierna enyesada desde la rodilla. Verme fue como si viera al diablo. Logré calmarla y me contó la tragedia que representó conocerme. Ella accedió a darme la entrevista porque esperaba que así más gente le llevara mercaditos y ropa que ya no usara. Y así fue durante una semana, pero después llegó la gente de la Alcaldía y la desalojó. Ella se fue a vivir monte abajo en el mismo sector. Un día uno de sus perros le ladró y ella se asustó y rodó por la ladera quebrándose la tibia o el peroné, no recuerdo. De milagro la encontraron y ahora andaba así.
Me fui indignado y escribí una nueva crónica. Al finalizar llamé al Alcalde y le conté, además lo amenacé con hacerlo quedar como un culo. Él se rió conmigo, y desde el otro lado del teléfono me dijo: “vaya donde la señora en media hora”.
Cuando llegué me encontré una ambulancia, estaba el secretario de Gobierno, la secretaria de Salud, el jefe de la Oficina Municipal de Atención y Prevención de Desastres y la señora.
Parecía el fin del mundo: ella peleaba, los perros ladraban y todos trataban de explicarlo algo al mismo tiempo. No podía permitir que volvieran a sacarla a las malas, así que me fui como un energúmeno, le dije al fotógrafo que le sacara a todos fotos y que se preparara para lo peor.
Me acerqué y pregunté que pasaba. La secretaria de salud me habló: "vinimos a decirle que tenía cupo en un ancianato. Que le vamos a dar medio sueldo mensual y tratamiento médico y que una señora se ha ofrecido a adoptarla para darle lo que necesite. Pero se niega a irse".
Miré a la señora y le pregunté si era cierto. Ella me vio de nuevo con una rabia que me asustó: “cada vez que usted viene tengo más problemas, yo no me quiero ir, estoy muy contenta con mis perros y usted no entiende que yo pueda ser feliz así, si usted necesita un ancianato o un sueldo váyase con ellos y no me vuelva a molestar”.
Me fui con el rabo entre las patas, igual la ambulancia y los funcionarios. Al rato el Alcalde me llamó conteniendo la risa y el triunfo, me contó que había tratado de ayudarla varias veces y siempre era lo mismo.
“Augusto, me dijo, nosotros tenemos una vida diferente, a veces no entendemos que la gente pueda ser feliz de otra manera que de la nuestra. Pero es así.”

No lo sé de cierto, pero por allá en 1962 hubo un terremoto en Manizales y un santo de una de las torres de la catedral fue a dar de cabeza en el orinal de un bar en una de las calles aledañas a ella. Esto produjo dos muertos. Tengo datos de uno. Una mujer, tan piadosa como cualquiera. Se quedó mirando con estupor a la torre, al santo, lo cerca que había caído de ella. El terremoto la dejó impávida sin saber qué decir ni qué hacer, más de cinco minutos estuvo así hasta que recordó a su familia. Pensó en el daño que había hecho el temblor a un templo aparentemente indestructible. Pensó en su esposo, en sus tres hijitos y emprendió una carrera hacia el barrio El Carmen en busca de ellos.
La gente al verla pasar pensó que era una loca. Cuando llegó a la casa los encontró a todos bien, asustados, pero bien. Entonces cayó en los brazos de su esposo y dio gracias a Dios por haberlos mantenido con vida. Mijo, le dijo, yo le ofrecí a Dios que me llevara a mí y no a usted para que los niños estén bien y cerró los ojos para dormir, como en un cuento de hadas, en los brazos de su amado.
Cuando le pregunté a mi abuelo de qué había muerto la abuela, él contesto sin dudar: "se le reventó la hiel". "Abuelo, le dije, será que le dio un infarto". Me miró como si yo no entendiera las cosas: "Se le reventó la hiel", repitió con voz potente. "Hizo negocios con Dios y eso no se hace".
Mi mamá no aprendió la lección. Cuando yo estaba muy pequeño me dio bronconeumonía. Los médicos decidieron que iba a morir. Mi mamá me llevó a Sabaneta, donde cada martes van romerías a pedir milagros a la virgen, me puso en los brazos de María Auxiliadora y le dijo en tono amenazante: "de ahora en adelante este hijo no es mío sino tuyo, te lo entrego, vos verás si lo dejás morir". Se paró dejándonos solos, después me recogió y me llevó al hospital.

miércoles, 29 de julio de 2009

Diarios del pasado 6

Manizales, el mundo es ancho y ajeno

Acostumbrábamos a visitar los bares del centro, sobre todo los de La Música, que en esos días era, obviamente, la balada.
Íbamos a Sorrento y tomábamos ron, aunque si había algo de dinero nos pasábamos al brandy que era lo que nos gustaba. Y si teníamos con qué llegábamos a un burdel llamado Marandua, que quedaba cerca del Ley. Las mujeres, eran, sin lugar a dudas, las más feas del mundo. Pero ir a Manhatan era más costoso y estaba reservado para cuando algún amigo se iba a casar y decidíamos hacerle despedida de soltero como Dios manda. Claro que algunas veces, pocas, alguien se ganaba un chance o se coronaba algún trabajo en el que recibía un pago exagerado y nos íbamos todos para Casa Show, que era el colmo de la sofisticación y las mujeres bonitas.
En esos días bajábamos al amanecer, caminando, contentos y caídos de la borrachera por las faldas que nos llevaban hasta el barrio el Nevado, donde vivíamos.
El mundo era ancho y ajeno, nosotros éramos un grupo de siete u ocho, todos tenían un arte: eran carpinteros, electricistas, pintores de brocha gorda, trabajadores de la construcción, yo era el único que todavía era estudiante. Además la mitad del grupo estaba compuesto por metaleros, que tenían una extraña debilidad por la música de los años sesenta, que todos denominábamos como: la melodía.
Andábamos por cualquier parte de Manizales, sin miedo, como si cada calle nos perteneciera, incluso en barrios que eran vedados para la gente del Nevado como el Carmen. En parte porque éramos muchachos a lo bien, y en parte porque juntos inspirábamos cierto respeto.
Más tarde, cuando entré a la Universidad, empezamos a separarnos paulatinamente, y el mundo comenzó a convertirse en una cosa pequeña. Cuando entré a trabajar se transformó en una sola calle, o mejor, carrera, la 23. Me hice cliente de un solo bar, salía con un solo tipo de muchachas y, lo peor, comencé a tener miedo.
De pronto todo me parecía peligroso. Primero los barrios que conocía como de respeto, después los que no conocía, luego, aquellos por los que nunca pasaba, finalmente los barrios bien, porque es que a esos es que van los ladrones. Y cuando menos pensé la ciudad era una avenida en la que me sentía más o menos seguro.
Fue una conversación con Pedro Zapata en Juan Sebastian Bar, hace ya como cuatro años, la que me sacó de ese letargo. Yo estaba en una tusa la cosa más miedosa por una mujer que todavía recuerdo con una corriente de frío en la espalda. Ella era paranoica y tenía cara de “atrácame por favor”. Una vez nos pusieron un revolver en la cabeza para quitarnos una cerveza y dos mil pesos a una cuadra de la Santander y desde ese momento yo no me volví a bajar de la avenida.
Volvamos con la tusa y Pedro. Él me dice: “ve güevón, vos sólo conseguís novias de las que salen por la Santander, está ciudad está llena de mujeres y vos te buscás las mismas. Les cambia el nombre y el color de la piel, pero son iguales. Sólo conocen esta avenida y tiene el mismo puto patrón, en el que además vos no encajás.
Ese día me di cuenta de que el problema no era que yo escogiera siempre las mismas mujeres, era que yo era como me las describía Pedro. Siempre en las mismas calles, con el mismo patrón y con el mismo puto miedo.
Empecé a recorrer de nuevo la ciudad, no igual que antes, ya no era posible esa mirada, digamos pura. Y tampoco he podido librarme del todo del miedo, pero es que cuando uno es joven la muerte parece una cosa tan profundamente lejana y absurda que la desafía como se podría hacer con un tigre encerrado en una jaula.
Me gustaría poder decir que he regresado a la ciudad, que me he apropiado de a poco de ella, de nuevo, como cuando uno vuelve con una novia que además dejó por una aparentemente más bonita, pero que finalmente sólo deja vacíos, uno no vuelve igual, y ella tampoco lo recibe igual a uno, pero al menos recuperarla deja algún fresquito en el corazón.

miércoles, 22 de julio de 2009

Diarios del pasado 5

Manizales, los muertos vivientes


Supe que era pobre cuando llegué a Manizales. En Medellín todos en la Comuna éramos iguales. No puedo negar que había un par de amigos que tenían mucho más, pero no por eso eran diferentes. En Manizales otras cosas eran importantes: la marca del pantalón, de los tenis, si usabas medias, si te ponías correa, y, sobre todo, había que saber de los Jaramillo de dónde provenías.
Supe que era pobre porque vivía en un barrio pobre. Porque mi mamá nos mandaba a comer donde mi tía, pero, sobre todo, porque la gente bien no se juntaba con nosotros. Manrique, el barrio donde yo vivía en Medellín, era tan grande como Manizales, y todos éramos más o menos iguales. Si caminabas todo el día podías llegar al centro y ver un paisaje distinto, pero en general los barrios se parecían unos con otros y la gente también.
En Manizales aprendí, además de que yo era pobre, que había otros estratos. Tengo un primo con el que caminaba desde el barrio el Nevado hasta Palermo, para ver las casas de los ricos.
El recorrido pasaba por el barrio Cervantes, después pasábamos a Villa Carmenza, subíamos al Campín y pasábamos por detrás del Cementerio San Esteban. Siempre nos prometíamos que vendríamos de noche, y entraríamos por un roto en el muro, así como lo habían hecho unos amigos nuestros. De ahí pasábamos por detrás de Confamiliares y salíamos al INEM, llegábamos al arco de la Universidad Nacional y seguíamos hacia Palermo. Allí nos quedábamos boquiabiertos viendo las casas de los ricos. Era una cosa increíble, había una casa que parecía reflejarse ya que cada mitad era igual a la otra, y en el centro había un par de escaleras de caracol que hacían más interesante el efecto.
Había una casa con un techo larguísimo en forma de triángulo y con tejas de barro. Me parecía un barrio maravilloso.
De regreso, cuando ya estábamos cansados -algunas veces incluso subíamos hasta el morro Sancancio- pasábamos por la Universidad de Caldas. En el primer piso del que ahora es el edificio Orlando Sierra Hernández, quedaba el anfiteatro. Creo que estas largas caminatas tenían este único fin. Y nuestra visita a Palermo a ver casas, era, sólo un pretexto para pasar por este edificio.
Las ventanas estaban clausuradas con pintura blanca, pero había unos pelados que se habían hecho, creo yo, con monedas, desde adentro. Nosotros nos asomábamos para ver a los muertos. Era increíble. Ver los cadáveres ahí, tan cerca, más de los ricos que de los pobres. Era algo auténticamente alucinante. Después nos íbamos, mi primo y yo, como si hubiéramos tenido una experiencia que debíamos guardar para siempre. No hablábamos nunca sobre eso. Teníamos miedo, estábamos aterrados, pero nos hacíamos los fuertes. Siempre tratábamos de mirar más tiempo que el otro para probarnos lo valientes que éramos, pero, en realidad, teníamos pánico de aquellos muertos, temíamos que un día uno de esos se levantaría y nos haría un guiño.
Años después, cuando estudiaba medicina, veía que los niños, los de la siguiente generación, se asomaban por los mismos huequitos, mientras yo recibía clase de anatomía. En una ocasión recordé mi antiguo temor, pero al mismo tiempo ese deseo en el fondo, de que uno de los muertos hiciera algo. Y pensé que eso mismo sentían esos niños que ahora miraban por esos mismos huequitos.
Tomé una mano amputada de una canasta que siempre estaba llena de partes conservadas, y me fui caminando muy bajito por el lado de la pared, a donde estaban los agujeritos poniendo la mano a una distancia suficiente para que los ojos de los niños la vieran. Estaba gris, no tenía menos de dos años de estar disecada. Yo, por la fuerza de la costumbre, ya no sentía ningún reato, ni siquiera el fuerte olor a formol me afectaba. Pero a los niños, ver esa mano que los saludaba, debió parecerles realmente aterrador, ya que salieron corriendo con un grito que todavía recuerdo, no sin dejar escapar una pequeña sonrisa.

viernes, 10 de julio de 2009

Diarios del pasado 4

Medellín, Éxodo

El día que me fui de Medellín llovió. No un chaparrón. Se puso negro todo el cielo, el ambiente era tan húmedo que casi se podía respirar agua. Yo estaba en el colegio, el INEM, recogiendo los papeles de traslado. Miré hacia arriba, no podía llorar, me había ganado mi huída con méritos. La vergüenza y la tristeza que sentía parecían reflejarse en las nubes cargadas, listas para dejar caer un aguacero que no olvidaría. Pero se tardaron, se tomaron su tiempo, y se dejaron venir, primero a goterones, grandes, espaciados, que con suerte no te daban, después la lluvia se fue haciendo más fina, más leve, más densa y no hubo a dónde huir.
Me escampé bajo un alero mientras pensaba en lo que sería mi futuro, en los amigos que no volvería a ver nunca más, en una ciudad que me esperaba y que para mí estaba reducida al olor del patio de mis abuelos maternos y al del cigarrillo eterno de mis abuelos paternos. Pensé en mis pecados, en Medellín, en esa ciudad que era enorme, querida, llena de emociones a la vista y escondidas.
La carrera 45 donde celebrábamos a Gardel como un profeta que se dignó morir aquí, en el Olaya Herrera, el mismo aeropuerto a donde iba con mis papás los domingos a chupar paleta y a que los aviones nos arrastraran con sus turbinas en la parte de atrás de la pista. Justo frente al cementerio Campos de Paz.
Nos agarrábamos a la reja al final de la pista. Los aviones llegaban hasta allí, se volteaban para comenzar el despegue. Se quedaban quietos un momento, después prendían las turbinas y empezábamos a sentir el aire caliente, luego a toda maquina y sentíamos que si nos soltábamos podíamos salir volando hasta el infinito, entonces arrancaba y la fuerza del aire se iba yendo con la aeronave. Mi papá nos asustaba diciéndonos que nos teníamos que coger bien de las rejas porque si no las turbinas nos mandarían hasta la avenida y después ya nos tocaba quedarnos en el cementerio.
Lo mejor era el olor que quedaba después, el aire caliente acompañado de paletas. Era una sensación incomparable. Un gusto tan simple y tan encantador como pocos que pueda recordar.
Supongo que la tarde que me fui de Medellín me hice hombre por un momento. Recordé, como supongo que lo hacen los viejos, cada momento de mi vida. Mi primera novia, una niña de ojos verdes como aceitunas (obvio que yo no tenía ni idea de las aceitunas en esa época), mi profesora de primero de primaria, la de segundo, el de tercero, las de cuarto y quinto. El día que presenté el examen de admisión al INEM. Recuerdo una pregunta:

¿Qué significa la frase: “A Dios rezando y con el mazo dando”?
a) A Dios rezando y maceando
b) A Dios rezando y disparando
c) A Dios rezando y trabajando
d) A Dios rezando y bostezando


Yo contesté B. Estuve seguro de esa respuesta hasta dos años después. El día que me fui de Medellín pensé que tal vez marcar B había marcado de alguna forma mi vida. Me di cuenta de que había leído mal y entendido mal casi todo y que casi todos los que me rodeaban lo hacían así también. Tomé entonces dos decisiones: no volvería a dejarme llevar por lo que yo creía que eran las cosas sino por lo que eran en realidad y no, por nada en el mundo, volvería a decepcionar a mis padres. He tenido tiempo de pisotear estas decisiones muchas veces.
 
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