jueves, 25 de marzo de 2010

Historia de los objetos 3



Escribo para tres blogs, dos periódicos, estudiantes vagos que tiene con qué pagar, una asociación de sexología que quiere un guión de un programa de televisión y para terminar una novela que hace tiempos duerme el sueño de los justos. Lo increíble es que a diario siento que no estoy escribiendo, que se me queda todo por decir. Que el tiempo no me da.
Quisiera escribir sobre un árbol en particular, sobre cómo le da la luz a cierta hora del día y un pájaro se posa, nervioso, en él y luego levanta el vuelo mientras el árbol sonríe en silencio.
Quisiera escribir sobre las mujeres, sobre lo que últimamente entiendo de ellas, sobre su absoluta y rematada capacidad para sorprenderme. Para mostrar que todo puede ser mejor cuando ya no era posible y que todo se puede ir a la mierda cuando estás en la mierda misma.
Se me han ocurrido como 10 cuentos que me he autocensurado. Yo. Autocensura. ¿Qué sigue? En fin, por ahora sigamos con los objetos:


Cédula de ciudadanía



Sólo la he perdido una vez (esa no es la historia que contaré, aún, pero quería aclararlo porque hay gente por ahí que dice que pierdo todo), recién me la entregaron a los 19 años. En esa época no era tan necesaria como ahora y no me preocupé de sacarla hasta que me levanté de buenas pulgas y fuí por ella, mucho después de haber cumplido los 18.
Para los jóvenes de mi época la cédula tenía tres usos:
1. Alquilar películas para adultos.
2. Entrar a cine a películas para adultos.
3. Entrar a antros donde uno puede emborracharse y otras cosas que implican mujeres.

Resulta que en el barrio el Nevado, donde vivía, las películas para adultos las alquilaban si uno daba 200 pesos más al dueño del local sin importar si uno tenía o no más de 10 años. Una única excepción: las películas no podían ser homosexuales porque según el dueño del chuzo: "esas sí pueden dañar a un niño, las otras antes los educan para la vida".
Además Johan, un amigo de la cuadra, trabajaba llevando los rollos de cine entre El Cid y la sala del Multicentro en su bicicleta. Esto le daba entrada gratis para él y algún amigo cada que quisiera y sin importar la censura de la película.
Para finalizar mis tíos me habían llevado por primera vez a los antros a los dos años, al escondido de mi mamá, donde las prostitutas me cuidaban por turnos mientras mis tíos se divertían de lo lindo. Una vez, incluso, no me iban a dejar ir con ellos porque estaban muy borrachos y era una irresponsabilidad dejarlos llevarse a esa belleza de bebe. Pidieron el teléfono de mi mamá para llamarla o la dirección para ir ellas mismas a llevarme. En ese momento se les paso la rasca y con mil juramentos me sacaron de allá. Era tal el miedo que le tenían a mi mamá que después me confesaron que si me hubieran tenido que sacar a golpes de allá lo hubiera hecho antes que enfrentar a mi mamá. Después de eso visité burdeles y bares muy frecuentemente, sobre todo entre los 15 y los 20 años y nunca necesité cédula.
Por eso no entendía que mis compañeros del colegio (a los 15 años yo estudiaba becado en un colegio de curas con niños más o menos bien) hicieran lo que fuera -léase pagaran lo que fuera- por tener una buena falsificación de la contraseña de la cédula. En los sitios que ellos visitaban exigían un certificado de que uno ya era un hombre. En los que yo me la pasaba te miraban la cara y decidían si lo eras o no. Ayudaba siempre con quién fuera uno y otra cosa, que uno mirara a los ojos.
La cédula vine a sacarla, ahora lo recuerdo, por mi primer trabajo. No era un trabajo como los de mi barrio, para eso tampoco la hubiera necesitado. Iba a trabajar escribiendo en un periódico y saqué la cédula, después tuve que abrir una cuenta de ahorros y saqué la cédula, luego hice un préstamo y saqué la cédula, luego la tarjeta de crédito para desahogarme del crédito y saqué la cédula. Entonces entendí a García Márquez cuando habla de los tiempos en que era "feliz e indocumentado".

6 comentarios:

Anónimo dijo...

Siempre será un placer leerte, felicidades.

Anónimo dijo...

un placer ¿te acuerdas?

Lina Loaiza

Anónimo dijo...

¿Será que soy tio tuyo?

Saludos.

Mario

Adalberto González dijo...

Excelente la frase de Márquez, puedo decir que tengo 19 y sigo feliz e indocumentado.

Saludos y felicitaciones por el blog

jhoan sebastian tamayo gaviria dijo...

Me gusta su escrito profesor, soy uno de sus estudiantes en la asignatura de etica. le dejo mi blog

http://wordsandmusic4all.blogspot.com/search?updated-max=2012-02-23T15:51:00-08:00&max-results=7

CONCORAZÓN dijo...

Lo que son las cosas de la vida, usted deseando ser indocumentado y facebook haciendolo famoso gracias al dichoso documento. "La libertad de UBLIME" vivira siempre en la memoria de quienes vivimos la comica verguenza de quien se hace llamar colombiana y gracias a quien usted ahora tiene un lugar en los anales de la ciberhistoria.

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